Por lejos la más estrafalaria de los Grammy, con apenas 23 años
es el nuevo icono de la cultura pop. Lidera los rankings musicales desde
Los Angeles a París y con su apabullante personalidad demuestra
que hoy el mundo es de los freaks.
Por: Manuel Santelices, corresponsal
En
el East Village de Nueva York, en la esquina de fama e infamia, se encuentra
un restaurante chino llamado “Lucky Cheng’s”. Ahí
ha estado desde hace casi dos décadas, sirviendo “summer
rolls” y pato al jengibre en un comedor repleto de linternas, candelabros
y abanicos con un decorado que sólo puede ser descrito como chino-barroco.
El sitio está siempre lleno, y en cierto modo se ha convertido
en una trampa para turistas dispuestos a pagar una considerable cuenta
por el privilegio de una silla en este salón. Pero no es la comida
lo que los atrae, tampoco el decorado. Lo que crea tanto interés
y excitación son las meseras, que pintadas como para una ópera
china, envueltas en batas y capas de seda, palillos en el pelo, mil
y una joyas en el cuello y cada dedo, corren de mesa en mesa arrastrando
enormes bandejas mientras sonríen y coquetean descaradamente con
la clientela. Vienen de Japón, Singapur, Indonesia, Tailandia,
China y Filipinas, y se comportan siempre como la más perfecta
concubina, sensuales y serviles, anacrónicamente femeninas. ¡Ah,
pero mírelas bien!, y descubrirá un par de manos demasiado
grandes, un atisbo de barba, un músculo que se asoma indiscreto
a través de la seda o una manzana de Adán.
Así es, “Lucky Cheng’s” es el primer sitio
donde cualquier travesti asiático con ambiciones de éxito
llega a buscar trabajo después de bajarse del avión en JFK.
No es raro que los cosméticos Mac hayan escogido este lugar para
lanzar su nueva campaña Viva Glam, uno de esos afortunados encuentros
entre una marca y una buena causa, que en los últimos diez años,
sin más ayuda que lipstick, ha logrado recaudar millones de dólares
para la lucha contra el Sida.

La reina Isabel de Inglaterra saludando a Lady Gaga a fines del año
pasado.
Diana Ross, Catherine Deneuve, Pamela Anderson, Ru Paul, Liza Minelli
y Boy George, entre otros, han posado para Mac, confirmando que estos
cosméticos están interesados en llegar a una clientela que
va mucho más allá de las tradicionales fashionistas. Si
usted piensa que no hay nada de malo en usar sombra con glitter por la
mañana, ésta es su marca. Y si piensa que un poquito de
rouge no le hace mal a nadie, independiente de su género, ésta
es su marca también.
Eso nos lleva, inevitablemente, de regreso a “Lucky Cheng’s”,
donde un grupo de periodistas especializados fue invitado a un cóctel
para conocer en persona a las dos nuevas estrellas de Viva Glam: Cindy
Lauper y Lady Gaga.
Antes de seguir con este artículo, responderemos la pregunta que
sin duda está rondando en este momento por su cabeza: “¡¿Cómo
estaba vestida Lady Gaga?!” Partamos diciendo que su cara estaba
al descubierto, lo que ya es una novedad en una mujer que acostumbra a
usar velos, sombreros y tocados para mantener un aire de misterio similar
al de cualquier extraterrestre en una película de ciencia ficción.
Su pelo se veía corto, rubio y suavemente rizado, a lo Marilyn
Monroe. ¿Y su atuendo? No era mucho la verdad. En otras circunstancias
podría haber sido fácilmente confundido con ropa interior:
un amplio short-calzón dorado con “brassiere” a tono
diseñado por Jean Paul Gaultier, el mismo creador que convirtió
los pechos cónicos de Madonna en su mejor arma de batalla a mediados
de los noventa.
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A su lado, Cindy Lauper, de 56 años, parecía tan convencional
como una señora de cierta edad camino a almorzar con sus amigas
en un club de golf: pelo corto y platinado, maquillaje perfecto y luminoso,
traje negro.
En persona, Lady Gaga resultó ser una Lady nada de Gaga.
Sonriente, amable, casi tímida, posó con algunos de los
invitados y luego dijo que sentía una enorme admiración
por la Lauper. “Me siento feliz y honrada de compartir esta
campaña con ella”, aseguró en un tono sorprendentemente
educado y discreto.
Esta declaración no es una sorpresa. La cantante tenía apenas
tres años en 1986, cuando Cindy, envuelta en tutús y con
cintas en el pelo, ya anunciaba que “Girls just wanna have fun”.
Sin ella, quizás no habría Lady Gaga. Pero también
hay otros. Warhol y Boy George, por ejemplo; David Bowie y Elton John;
Leigh Bowery y Klaus Nomi, y así un largo rompecabezas pop que
va desde Walt Disney a Stanley Kubrik, de Douglas Sirk a Tim Burton, pasando
por una infinita lista de portadas de revistas, viejas películas,
novelas futuristas, tabloides, tecnología, desfiles de moda, protestas
políticas y, pareciera a veces, cualquier evento, personaje o producto
que haya tocado un nervio en la cultura popular. No es raro entonces
que su primer álbum, que consiguió cuatro top hits el 2008,
haya llevado el nombre de “The fame”.
Uno de sus más grandes hits, “Paparazzi”, es una queja
contra el asedio de la prensa, pero a diferencia de la autocompasión
que Britney Spears o Madonna han revelado cantando sobre el tema, Lady
Gaga ha cubierto la suya con una extraña mezcla de sexo, violencia,
moda y, por supuesto, fascinación, que no sólo la hace más
espectacular, sino también más verdadera.

Manuel Santelices, corresponsal de “Cosas”,
junto a Lady Gaga.
“¡Quiero ser una estrella! ¡Tomen mi fotografía!”,
dice en algún momento de su nueva gira, el “Monster Ball
Tour”, que se inició hace algunas semanas en Nueva York.
Y el público inevitablemente ha respondido a sus órdenes,
porque, ¿cómo no fotografiar a una mujer que tanto esfuerzo
ha puesto en su propia imagen?
“Lady Gaga canta, escribe, se viste y, aparentemente, existe para
convertir la celebridad en una pieza de ‘performance art’”,
escribió hace unos días el crítico musical de The
New York Times, Jon Pareles: “Quiere ser una estrella, y, sin duda,
lo es”.
Lady Gaga, según confesó hace un tiempo a Barbara
Walters, nunca se sintió realmente cómoda en el mundo
real. “Me sentía como una freak”, dijo en la entrevista.
“Quería ser una estrella, y era un monstruo sin temores respecto
a mis propias ambiciones”. También dijo que era “compositora,
artista, hija, hermana, y una chica italiana de Nueva York”.
Su padre, un italiano católico que la bautizó auspiciosamente
como Stefani Joanne Angelina Germanotta, no le habló durante casi
un año después del lanzamiento de su primer disco, y sólo
cuando tuvo que someterse a una operación al corazón que
le salvó la vida, reconsideró la situación he hizo
las paces con la idea de que su pequeña Stefani era ahora la mundialmente
célebre Lady Gaga, la mujer más “freak” –y
aquí usamos la palabra en la forma más respetuosa posible–
del planeta.
“Le dijo a mi mamá que temía que yo estuviera
mentalmente inestable”, contó la diva. “No estoy loca.
Lo que quiero es ayudar a quienes se sienten como yo; decirles que pueden
crear su propio espacio en el mundo”.
Si esa era su tarea, bien cumplida está. Durante el cóctel
de Mac quedó claro que en la iglesia de Lady Gaga todos son
bien recibidos, sin importar si se trata de ejecutivos, travestis,
travestis ejecutivos o ejecutivos travestis Lo que los une son sus rarezas
y, particularidades, esa extraña condición que puede parecer
a veces “freak” pero que, más que nada, es simple humanidad.
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