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Su trabajo ha inspirado la obra de Elizabeth Peyton, Marlene Dumas, Eric Fischl y otras estrellas del retrato contemporáneo. Una artista revolucionaria y anacrónica en su época, que además tuvo una vida apasionada y con los más profundos dolores. Por: Manuel Santelices, corresponsal Alice Neel, que por estos días está siendo recordada con una amplia retrospectiva en el Museum of Fine Arts en Houston, tuvo una de esas vidas que parecen sacadas del libro de clichés del artista atormentado. De profundas depresiones a vertiginosa fama, de apasionados romances a dolorosos abandonos, aquí no faltó nada y todo quedó plasmado en sus pinturas –la gran mayoría retratos– que hablan, más que nada, de la frágil naturaleza humana. Su trabajo, que claramente ha inspirado la obra de Elizabeth Peyton, Marlene Dumas, Eric Fischl y otras estrellas del retrato contemporáneo, fue considerado revolucionario y anacrónico en su época; un solitario ejemplo de técnicas y estilos del pasado en medio de la ola moderna del expresionismo abstracto que impulsaban Jackson Pollock, Mark Rothko y Willem de Kooning, entre otros artistas de la posguerra. La Neel no alcanzó nunca el éxito comercial de esos ídolos del arte de Estados Unidos, pero su fama y popularidad fue tan extensa que se convirtió, hasta donde sabemos, en la única artista plástica invitada al show de Johnny Carson en dos ocasiones. A diferencia de John Singer Sargent antes que ella y la Peyton después, Alice Neel nunca pretendió cubrir a sus modelos con el filtro suave y halagador del privilegio, el dinero o la celebridad. Sus retratos son bruscos, intensos, sicológicamente tortuosos, pero poseen también la belleza de lo crudo e imperfecto. Su pintura de Andy Warhol con el torso desnudo y cubierto de cicatrices después de sufrir un intento de asesinato, o su retrato del artista Robert Smithson con la ropa arrugada, el ceño fruncido y la mirada perdida, son buenos ejemplos de su constante interés por encontrar la verdad en personajes que, en ocasiones, fueron bien conocidos por su artificio.
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Geoffrey Hendricks y Brian.
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Dore Ashton
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Elenka
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Frank O`Hara N°2
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Max White
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Honestidad es una cualidad escasa por estos días en el mundo del arte. En esa cruel jungla de museos, galerías, curadores, coleccionistas, subastas y ferias internacionales, los artistas se ven a menudo obligados a crear, más que arte, espectáculo. Jeff Koons, Damien Hirst y Takashi Murakami son los ejemplos más claros, artistas que viven un tipo de existencia que en el universo pre Warhol parecía reservada sólo para un puñado de estrellas del cine. Su arte está marcado por la pirotecnia visual y tecnológica. Después de todo, ¿qué podemos descubrir sobre Koons observando sus conejos inflables? ¿Qué dice Murakami con sus carteras Louis Vuitton? Sus comentarios son, quizás, críticos de la misma sociedad de consumo, obsesionada con la celebridad que les da de comer. Pero de ellos, nada.
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Victoria y su gato.
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Don Perlis y Jonathan.
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Alice Neel vivió y creó en el punto opuesto del péndulo. Su trabajo es profundamente personal, y sus modelos fueron la mayor parte de las veces sus amigos, familiares y conocidos. Sus dos desastrosos matrimonios –su segundo marido, en un ataque de ira, destrozó casi 300 de sus pinturas– dejaron clara huella en sus brochazos. Lo mismo el abandono que tantas veces confundió con romance, la pérdida de un hijo, el exilio y su constante vocación por la tragedia. Sin embargo, la rabia y la tristeza de un principio fue dando con el tiempo paso al ingenio, la sabiduría y el buen humor. Las pinturas realizadas hacia el final de su existencia tienen una pátina amable, claramente visible en sus famosas mujeres embarazadas, por ejemplo, o en sus retratos de niños. La Neel murió a los 84 años, y aunque ya disfrutaba de la adoración de al menos dos o tres generaciones de artistas, nunca imaginó la influencia que tendría en el futuro. La pintora estadounidense más solitaria del siglo XX ha encontrado inesperada y abundante compañía en el siglo siguiente.
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