Por: Carolina Honorato / Fotos: Bárbara San Martín

Aldo DuceA Aldo Duce la magia le gustó desde chico. Sus papás lo llevaban a los circos y ahí él siempre esperaba con ansias la actuación del mago. “Con el tiempo descubrí un libro en la casa de un tío y empecé a practicar, pero jamás pensé que me iba a dedicar a eso”, confiesa con toda sinceridad.

Aldo es un hombre encantador, pausado, transparente.

“Debo admitir que desde chico, todo el tiempo estaba buscando cómo poder practicar la magia. A los 17 años conocí a alguien que me prestó un libro de magia de verdad. Y así fue como empecé a leer y aprender sobre el tema”.

Sus inicios fueron entre amigos o en eventos benéficos.

Aldo dice, además, que era muy introvertido y que la magia fue una de las cosas que lo ayudó a superar la timidez. “Quería vencerla…”, explica.

A los 18 años, el dueño de un pub en Suecia le propuso que empezara actuar ahí todos los sábados. Ni siquiera le pagaban. Pero era su forma de probarse.

“Podría decir que desde los 18 era un mago aficionado. Estaba casado, tenía dos hijas. Y poco antes de cumplir los 40 pasé por la crisis típica y decidí que quería dedicarme a la magia… El alma me lo pedía, lo necesitaba. Opté por dar un giro y darle una oportunidad a lo que fue el pasatiempo de mi vida. Una apuesta grande y riesgosa. Muchos pensaron que estaba loco. Tenía un buen trabajo como director de una de las agencias de publicidad más grandes del mundo. Pero así no más fue: un día del año 2002 decidí que quería ser mago. Mago a tiempo completo, un mago profesional”, cuenta orgulloso.

Una pasión y una misión

Aldo dejó su vida laboral detrás de un escritorio y volcó toda su creatividad en armar un espectáculo que no existía en el mercado.

“Primero hice un experimento. Viajé a ver qué estaba pasando en el mundo. Me probé en el campeonato mundial de magia, quedé entre los 50 mejores. Así es que regresé y armé una rutina, cuando me di cuenta de que funcionaba, de que era bueno, decidí salirme de mi otro trabajo. También tenía una empresa llamada Chiledar (que capta recursos para instituciones de beneficencia) y la quería hacer crecer. Mezclé ambas cosas. La magia prendió al tiro. Y debo reconocerte que vivo bien de la magia” (su página web es www.elmago.cl ).

Aldo fue el único americano seleccionado para el campeonato europeo en 1999 y fue finalista en el certamen mundial de magia que se realizó en Holanda el año 2003. También anhela participar en un circo o actuar en el Teatro Municipal, donde pueda sumar entretención e ironía.

Ha hecho cientos de eventos para empresas, con un estilo muy lejano al de un ilusionista tradicional. Sus rutinas tienen mucho humor, recursos audiovisuales, doblajes, lindas mujeres y una activa participación del público.

“Más allá de la magia, me gusta armar un show de humor. En general los espectáculos de este tipo son aburridos, por eso decidí hacer la mezcla, usar cosas que aprendí en publicidad, cosas que no son habituales en las rutinas. Soy irreverente en el show, soy de talla rápida, incorporo mi personalidad… Existen artistas que pueden copiar trucos, juegos, pero la personalidad en el escenario es propia, eso no se puede imitar. Cada show es distinto. Magos existen muchos, pero mi personalidad es única”, afirma.
Aldo siempre está creando y en gran parte su giro profesional se debe a que quiso volcar su creatividad en la magia. Muchos de sus juegos son creaciones propias o adaptaciones de clásicos a los que les da una vuelta refrescándolos y adaptándolos a su particular estilo.

–¿Qué te fascina de la magia?
–Esta es una pasión. Siempre estoy pensando en cosas mágicas, siempre estoy viendo magia, viajando para estar al día, siempre estoy pensando en cuál va a ser mi próximo truco. Me gusta porque me permite entretener a la gente. Yo me aburro fácilmente y esto me permite desafiar mi creatividad.

Y asume que es plenamente feliz. “Me pagan por pasarlo bien, por desarrollar mi pasión. Ojalá algún nieto herede mi afición y mis cachureos”, dice.
Aldo se declara un “ignaciano de alma y corazón”. Egresado del Colegio San Ignacio de El Bosque, tiene marcado el lema del establecimiento: “Entramos para aprender y salimos para servir”. Siempre tuvo la inquietud de ayudar a los demás, hasta que encontró el camino a través de Chiledar, que le permite apoyar a miles de personas cada día.

“He encontrado”, dice, “la felicidad y la plenitud ayudando y entreteniendo a la gente… Estoy seguro de que ésa es una de las misiones que me encomendaron para esta vida, y soy afortunado de haberla descubierto a tiempo”.

Aldo Duce

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