La muestra “All” es un magnífico espectáculo. Colgando en cables desde el cielo, 108 piezas del artista italiano crean un carrusel que parece infinito y cambia con cada paso, cada ángulo y cada mirada.
Texto y fotos: Manuel Santelices, corresponsal
Maurizio Cattelan es un loco, un genio, un iconoclasta egomaníaco y una de las más grandes estrellas del arte contemporáneo internacional. Por lo mismo, su trabajo –esculturas hiperrealistas, taxidermia, bromas seudo intelectuales, ingeniosos comentarios políticos– se vende en millones de dólares en subastas y al mismo tiempo es ridiculizado por buena parte de la crítica, que parece incapaz de ponerse de acuerdo si lo que está viendo es una magnífica obra de arte o una broma de mal gusto.
¿Cómo podría ser de otra manera? Cattelan es el artista que en la Bienal de Venecia de 1992 arrendó su espacio a una marca de cosméticos para que colgara ahí un gigantesco billboard publicitario. La pieza se llamó “Working is bad”, trabajar es malo. En otra ocasión colgó en la puerta de su galería un aviso que decía “Volta súbito”, vuelvo pronto, y el espacio permaneció cerrado durante toda la duración de la muestra. En 1994, su primer show en Nueva York consistió en un burro paseándose debajo de un candelabro y duró solo una noche, después de que los vecinos se quejaran de los bramidos del animal.
Cattelan fue el que en 1991, en medio del acalorado debate sobre inmigración en Italia, creó un equipo de fútbol formado solo por ilegales, cada uno con una camiseta que llevaba impresa la palabra “Rauss”, “fuera” en alemán. Fue el que puso al Papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito –una escultura que le costó su puesto al director del Museo de Bellas de Artes de Varsovia, que se atrevió a mostrarla–; a Hitler de rodillas, como suplicando por perdón, y a Picasso, o un actor disfrazado con una enorme cabeza de Picasso, recibiendo a los visitantes al Museo de Arte Moderno de Nueva York.
El artista, que creció en Padua, hijo de un camionero y una camarera, se niega a hacer reverencias al mundo del arte. Dice que nunca habla de su propio trabajo como una broma, pero pocos le creen porque el comentario llega siempre acompañado de una carcajada; pues si hay algo que Cattelan disfruta es una buena broma. Por lo mismo, nadie sabe si habla o no en serio cuando dice que su nueva retrospectiva, “All”, inaugurada la semana pasada en el Guggenheim de Nueva York, marca su retiro definitivo del arte. El asegura que tiene otras cosas que hacer, como la edición de su flamante revista, Toilet Paper, por ejemplo, que por 12 dólares el número ofrece a sus lectores imágenes como la de su primera portada, donde una monja instalada en lo que parece un burdel se inyecta heroína.
Un mapa estético
Cattelan dice que ha llegado el momento de decir adiós a la carrera que tanta fama y fortuna le ha traído. “Mis esculturas seguirán produciéndose y mostrándose alrededor del mundo, pero por otras personas, no por mí”, explicó recientemente en una entrevista. “Será como si estuviera muerto, con la única diferencia que seguiré vivo”.
“All” ha provocado, por supuesto, las acostumbradas controversias y discusiones. Roberta Smith, crítico de The New York Times, la detestó y dijo que el retiro de Cattelan era bienvenido porque ya comenzaba a mostrar escasez de buenas ideas. Jerry Saltz, de New York Magazine, en cambio, la adoró. “Me quedo en las rampas del Guggenheim hipnotizado por esta nube de arte colgante, sereno, feliz y ansioso de que él (Cattelan) se arrepienta de su promesa. No te retires”, escribió como un adolescente enamorado en la revista.


Más allá de cualquier otra consideración, “All” es un magnífico espectáculo. Colgando en cables desde el techo de la famosa rotonda diseñada por Frank Lloyd Wright, 108 piezas del artista crean un carrusel artístico que parece infinito y que cambia con cada paso, cada ángulo y cada mirada.


Según Nancy Spector, la curadora de la exhibición, lo más difícil del montaje no fue la gigantesca obra de ingeniería que involucró colgar elefantes, burros y vacas en la rotonda del museo, sino convencer al artista de que una retrospectiva a estas alturas, cuando acaba de cumplir 51 años, era no solo merecida, sino también necesaria. Cattelan, que como tantos artistas desconfiaba de este tipo de homenajes, aceptó solo con la condición de que la retrospectiva fuera presentada sin orden, cronología ni jerarquía, sino como la enorme explosión de un baúl repleto con los restos de treinta años de creación. Aunque sus deseos fueron cumplidos –con creces–, la Spector entregó en la conferencia de prensa inaugural un mapa de cómo seguir los pasos de Cattelan, desde las protestas de su “estética del fracaso” y su “irreverencia iconoclasta”, hasta la intimidad de su “obsesión con la muerte y sus autorretratos”. “Este es un trágico cuerpo de trabajo artístico que habla de mortalidad, ejecución y fin”, señaló, “y que parece especialmente relevante en los tiempos frustrantes y confusos que vivimos, de tanto alboroto social y político. Cattelan nos entrega imágenes inolvidables en un mundo que a veces se siente saturado de imágenes”.