Parecen sacados de una novela de Scott Fiztgerald: perfectamente vestidos y peinados, fastidiosamente estudiados, bailando hasta el amanecer en alguna lujosa suite de hotel o lanzados, algo aburridos, junto a la piscina en los Hamptons o Cap d’Antibes. Su universo es glamoroso pero pequeño; un desfile allá, una gala acá y ya está y, por lo mismo, el planeta se les hace a veces algo estrecho, incestuoso, como si ya conocieran a todo el mundo o, al menos, al mundo que vale la pena conocer. Son los nuevos excéntricos, herederos de Cecil Beaton, Diana Vreeland, Nancy Cunard y Stephen Tennant, fabulosos pavos reales que de cuando en cuando aparecen, sobre todo ahora en que las cosas no están para fiestas ni celebraciones. ¿La tierra está a punto de estallar? Abra otra botella de champagne, darling, que la vida es un cabaret, como diría Sally Bowles al encontrarse con el ejército nazi a la puerta de su club.

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En su defensa, es necesario aclarar que la nueva generación de excéntricos tiene plena conciencia sobre los peligros de la vida actual, y aunque anden en plataformas de veinte centímetros, con hombreras de Alexander McQueen que dificultan el cruce de cualquier umbral, o con faldones de fiesta que exigen al menos dos asistentes para caminar, entienden que el resto no vive en las mismas circunstancias. Por eso Michelle Harper, una de las excéntricas más prominentes de Nueva York, está siempre preocupada de la “seguridad”. 

Por “seguridad” prefiere no hablar, por ejemplo, sobre su marido, su guardarropa, su departamento o su familia. Por “seguridad” mantiene una nube de misterio a su alrededor que ha colaborado a crear un mito, una leyenda, una telaraña de historias que ella no se preocupa en confirmar o desmentir. ¿Qué sabemos de ella? Que se viste como nadie, con enormes trajes de baile de Christian Cota que exigen, como ocurrió en la gala de Casita de María hace unos años, que suba en el ascensor sola, envuelta en una montaña de tul fucsia furioso. 

Su cuerpo delgado y su dramática cara, que aunque no es bonita no deja de llamar la atención, la ha convertido en uno de los colgadores más apetecidos de la ciudad; un rol que ella ha aceptado gustosa, apareciendo a veces como una heroína futurista en Víctor de Souza o como una diva del cine mudo en Zac Posen. Ella dice que no toma la moda muy en serio, que se viste en dos minutos antes de salir, pero cuesta creerle. Sólo el dramático maquillaje debe tomarle una hora, sin contar la instalación de esos sombreros en forma de conejo o cuerpo de avestruz de Rod Keenan o Piers Atkinson, dos de sus sombrereros favoritos. También cuesta creerle que la moda forme una parte tan ínfima de su vida, como dice ella, alegando que tanto artificio no es más que una distracción divertida de sus verdaderas preocupaciones, que son, y ponga atención porque esto es importante, el bienestar de la humanidad y la entrega a los demás.

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Michelle Harper, Daphne Guinness y los jovencísimos hermanos Peter y Harry Brant asombran por sus looks en cada aparición. También por sus opciones y sus palabras. Sígalos...

Michelle es colombiana y, según muchos, no es la mujer más cálida de Nueva York. Su carácter puede parecer a veces brusco y su vanidad es evidente. Es una diva exigente, déspota y caprichosa, que lanza besos al aire de cocktail en cocktail, adquiere una pose de Betty Boop frente a los fotógrafos sociales, y luego sale huraña y cascarrabias a perderse en la oscuridad de la noche de Manhattan. Si un talento tiene Michelle, es para elegir a sus amistades. La mujer es un scanner de pedigrí, una columna social en dos piernas, y por eso no es raro que dos de sus más visibles mascotas sean Peter y Harry Brant, los hijos del magnate Peter Brant y su fabulosa mujer, la top model Stephanie Seymour.

Si hay dos excéntricos que vale la pena estudiar, son este par. A los 18 y 15 años –casi dos décadas menores que la Harper– ya merecieron un artículo de portada y dos páginas en la sección de “estilo” en The New York Times. ¿Cómo no? Mírelos. Ahí están, delgados, bellísimos, como extras de una película de Visconti, saludando con besos a Linda Evangelista, Steven Meisel o Julian Schnabel, todos “tíos” y “tías” a los que conocen desde antes de ser capaces de caminar. 

En una reciente recepción en la Brant Foundation –el mini museo que mantiene su padre en Connecticut, no muy lejos de los establos, el campo de polo, la mansión de 24 habitaciones y las enormes esculturas de Urs Fisher y Jeff Koons–, el comentario fue que Andy Warhol los habría adorado, igual como Andy adoró a cualquiera que llenara su pozo con la energía que a menudo acarrean la belleza, la juventud y la riqueza. Estos adolescentes tienen baldes completos de las tres, y hacen alarde de eso sin problemas. “Antes me vestía sólo con las T-shirts de Aläia de mi mamá y sus mocasines de Manolo Blahnik”, confesó Harry, de 15 años, a The New York Times. Ahora se viste en chaquetas militares de Louis Vuitton y bototos de Yves Saint Laurent. 

Harry adora “Mommie Dearest” –la película donde Faye Dunaway interpreta a Joan Crawford– y a Peter le encanta “Cocktail,” donde Tom Cruise aparece como un sexy “bartender” en el Caribe.  “Me gustan los viejos shows de Valentino y los objetos de la dinastía Ming. Me gusta la opulencia”, dice Harry.

La cuenta de Twitter que ambos comparten tiene casi 70 mil seguidores.

 

Excesiva Daphne

La dorada decadencia de los hermanos Brant tiene precedente en la de Daphne Guinness, una mujer de corazón atormentado y abultado clóset. Heredera de la fortuna cervecera y ex mujer de Spyros Niarchos, Daphne vivió de yate en yate y de jet en jet hasta su muy comentado divorcio en 1999, y desde entonces su imagen de dulce y chic esposa subyugada ha dado paso a la de una Cruella DeVil imaginada por Stanley Kubrick, tan cómoda en los nobles salones de “Barry Lyndon” como en la nave espacial de “2001”.

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El guardarropa de Daphne es de no creerlo: chaquetas de Chanel couture, blusas de Dior, botas de Prada, montañas de vintage, joyas o sombreros diseñados específicamente para ella por Harry Winston, Stephen Jones o Philip Tracey… Igual que la Harper o los Brant, Daphne insiste en que su vida es más que apariencias. Como evidencia número uno está su romance de largo plazo con el filósofo francés Bernard Henri-Levy, un hombre que no tiene problemas para citar a Descartes y lucir su pálido torso al mismo tiempo. Bernard está casado con la “chanteuse” Ariele Dombasle, pero eso no ha impedido que despierte intensas pasiones en una distinguida lista de mujeres, incluyendo a Sharon Stone y Daphne. 

La Guinness siente una clara obsesión por él. ¿Cómo lo sabemos? Revise su cuenta de Twitter –TheRealDaphne, 43 mil seguidores– y se encontrará con fotos de ella y Bernard y trágicos mensajes como “una puede amar, pero no puede cambiar al otro” o “¡más años, más amor!”.

Después de adquirir toda la colección de ropa y accesorios de Isabella Blow –musa de Alexander McQueen, estilista y una de las mujeres inglesas más originales de las últimas décadas hasta su suicidio en 2007–, Daphne ha decidido ahora venderla a beneficio de la Isabella Blow Foundation, un organismo fundado por ella como homenaje a su amiga para ayudar a “artistas y creativos”. 

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“Esta ropa está creada por diseñadores realmente importantes”, asegura la especialista en diseño y textiles de Christie’s, Clare Borthwick, a cargo de la subasta. “Son piezas que encarnan el espíritu de Daphne y que siempre serán una buena inversión”.

Transacciones como éstas no son raras en el mundo de los nuevos excéntricos. Michelle Harper arrasa con los mercados de las pulgas en Nueva York y París, contrata a “estilistas” para que busquen pelucas de plata de los años treinta y enormes tocados de plumas. Cuando los recibe, los guarda en algún clóset, en un sitio que “por seguridad” no puede revelar, y luego impacta con ellos en alguna fiesta o gala. Cuando alguien le pregunta, “Michelle, ¿dónde encontraste algo tan extraordinario?”, ella arrisca la nariz y da vuelta la espalda, porque para preguntas no está. 

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