El autor de “El último tango de Salvador Allende” y actual embajador de Chile en México se reunió con “Cosas” para hablar tanto de su libro como de su misión diplomática, la visión de Chile en el exterior y un poco de su propia historia que, naturalmente, da para otra novela.

Por: Roberto Gómez / Fotos: Pablo Alcaíno

Como a sus personajes, el periplo por diversos países del mundo –Alemania, Suecia, Cuba, Estados Unidos– tiene hoy instalado al escritor Roberto Ampuero (1953) en las oficinas de la Embajada de Chile en México.

Al igual que en sus novelas, la vida de Ampuero ha sido de ying y yang; del mundo de Oriente y Occidente, de acá y de allá; de Guerra Fría y globalización; de Juventudes Comunistas a profesor de literatura creativa en Iowa; de las estrechas callejuelas de Valparaíso a sus “años verde olivo” en la Cuba castrista; de la admiración al modelo socialista a embajador del Presidente Sebastián Piñera. Sin que cualquiera de estas dicotomías adquiera una carga valórica, sin reproches ni lamentos, sino como un devenir natural que va construyendo a un escritor sin etiquetas, sin ansiedades; paseándose sin complejos por las turbulentas letras nacionales.

ampuero

Como diplomático, en cambio, el embajador Ampuero es mesurado y esquiva como buen político las cuestiones polémicas. Asimismo, trasunta optimismo y tranquilidad, amparado en lo que él define como un trabajo profesional y afiatado y por las excelentes relaciones comerciales que tiene México con nuestro país.

El equilibrio entre ambos –escritor y diplomático– pareciera ser un hombre amante de su familia, que prioriza la vida cotidiana y el estudio de sus hijos, por sobre los avatares de la contingencia, y que asume sin aspavientos sus deseos de regresar a Chile. Y como en el tópico del eterno retorno, el punto de llegada es también el de partida: “Yo nací en Valparaíso y parte de mi infancia también la viví allá; a los 18 años me fui a estudiar a Santiago antropología social y literatura latinoamericana; después me fui a vivir a Alemania Oriental; luego a Cuba, regresé a Alemania Oriental; en 1982 me fui a Alemania Occidental como corresponsal de una agencia internacional; allí viví 13 años y volví a Chile; estuve tres años aquí…”.

Es un honor representar a Chile”

–Usted estaba terminando “El último tango de Salvador Allende” y de pronto recibió un llamado que lo hizo tomar un nuevo camino. Es más o menos como ha sido su vida, ¿no es cierto?
–Así ha sido mi vida. En un momento uno dice: “Yo marco mi rumbo y lo voy a seguir sin importar qué alternativas aparezcan”; sin embargo, cuando recibo este llamado del Presidente –yo fui su asesor en temas culturales en su campaña–, me sentí muy honrado de representar a Chile en un país como México, un país inmenso, cultural y económicamente; yo agradecí de inmediato, pero dije que tenía que consultarlo con mi familia. Mis hijos estudian en Estados Unidos –Ximena en California, en Stanford; Ignacio en Washington University, en Saint Louis– y nosotros estábamos con mi señora en la casa en Iowa. Lo que pasa es que yo viajo mucho a Chile; pareciera que vivo acá, pero estoy siempre muy pendiente de Chile, y obviamente acepté con mucha alegría el cargo.

“Ahora lo importante: la Cancillería chilena es muy profesional, en la embajada me encontré con un equipo afiatado, muy experimentado desde el punto de vista político y económico, lo que permite a un embajador asumir su tarea sabiendo que la embajada funciona y el embajador es como un explorador que actúa estableciendo vínculos, tocando puertas, detectando oportunidades”.

–Parece que usted sabía algo del trabajo diplomático…
–Con el mundo diplomático tenía una experiencia previa por dos cosas. Primero, porque durante muchos años fui director de una revista alemana especializada en cuestiones Norte-Sur, que era del gobierno alemán, por lo tanto a través de ella conocí el mundo diplomático. En segundo lugar, por mi señora, que nació en Guatemala, y que fue embajadora de su país en Alemania, donde nos conocimos; después fue embajadora en Chile, en Suecia y concurrente en Finlandia, por lo mismo, uno como esposo debe saber algo del mundo diplomático. Luego, como periodista, también me relacioné con autoridades de gobierno y de la diplomacia. Entonces este cargo es nuevo, pero no absolutamente nuevo.

–¿Se esperaba este nombramiento?
–Es que, desde un comienzo, por haber colaborado con el candidato en la parte cultural, tenía una invitación a formar parte del equipo. Para mí, había algo muy interesante porque, cuando asume el Presidente, yo tenía mis dos hijos en casa; aún no estaban en la universidad como ahora. En ese sentido, me sentí un poco limitado, porque yo tenía que estar ahí y esperar que ellos terminaran su educación media. En ese momento es distinto decirle a los niños: “Miren, me hicieron una oferta muy interesante, muy honrosa para representar a mi país y ustedes se van a ir a vivir a casa de unos amigos…”. Eso no se puede hacer. Pero una vez que ellos se fueron a estudiar, quedamos en libertad de poder asumir responsabilidades mayores dentro del gobierno de Sebastián Piñera.

–¿Qué expectativas tiene del cargo?
–Primero, no hay que olvidar que México es un país gigantesco para Chile, no solamente por las dimensiones que tiene, con una de las economías más grandes del mundo, con 120 millones de habitantes; tenemos una relación comercial in crescendo, con todas las perspectivas por aprovechar. No solamente por el vínculo tan estrecho entre ambos países, culturalmente hablando. Está otro hecho muy sencillo y es que México es un país de una cultura milenaria; tiene todo ese patrimonio a su disposición, pero para uno es realmente apabullante, asombroso y admirable. Entonces, son muchas las áreas en las que se puede trabajar. Este año, por ejemplo, está la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

–¿Cuál será su participación en la feria?
–A la feria de Guadalajara voy como embajador, no como escritor; no voy a participar en mesas redondas, independiente de que mis casas editoriales me inviten a participar dentro de sus stands como autor, pero sin confundir mi misión de embajador.

“Esta novela la puede leer gente de izquierda y de derecha”

–¿Cómo nació la idea de novelar sobre Salvador Allende? Una figura que suscita tanta admiración como rechazo en Chile…
–En los últimos años a mí me ha atraído mucho la posibilidad de novelar épocas recientes de la historia chilena a través de la ficción…

–Lo hizo también con “El caso Neruda”…
–Pero volví a hacerlo con “La otra mujer” y en cierta forma con “Nuestros años verde olivo”… Lo que la gente agradece es que no son visiones político-partidarias; no son un análisis más de Neruda ni de Allende, sino que son una exploración, mediante la literatura, de las pasiones humanas, en este caso de Salvador Allende, de un Allende que arranca de una realidad histórica, pero que se va despegando de eso y va generando un mundo que está construido por la imaginación, la fantasía literaria, pero que es plausible y verosímil, es decir, no puedes inventar un Allende ajeno a lo que nosotros conocemos.

–¿Cuál era su interés, entonces?
–Lo que me interesa es rescatar algunas cosas que la historia y el periodismo no pudieron rescatar, acceder a eso porque no hay fuentes, pero que la literatura sí puede explorar. Por ejemplo, el sentimiento ungido de soledad en los últimos meses de gobierno de Allende. Porque más allá del análisis político que uno puede hacer; en ese momento él tiene que haber percibido esa soledad. También tiene que haber pensado –que es común a todos los seres humanos– qué ha sido de su utopía, qué ha sido de sus sueños, de sus amistades, de su lealtad. El símbolo de Allende rodeado en La Moneda de solo sus amigos médicos y de un par de escoltas, pero sin ningún líder político de la alianza que lo llevó al poder, es una imagen muy fuerte. Lo que me interesa como novelista es entrar en ese mundo, el de su historia personal, de sus sentimientos que se perdieron para siempre, pero que la literatura con su autoridad, que viene de la ficción, puede reconstruir o postular o especular.

“Esta novela funciona desde la percepción y descripción de un personaje modesto (Rufino), de un panadero y cocinero. Ahí había un diálogo que a mí me interesaba mucho desarrollar: este hombre que mira al líder como la persona que tiene la solución para los males del pueblo, pero que considera a ese líder como demasiado utópico; como que él sí sabe de la vida concreta diaria; Rufino es pobre en temas de utopía; él sabe lo que tiene que solucionar, mientras que a quien sirve está hablando siempre de grandes proyectos, del futuro; en ese sentido y respetando la imagen y con mucho decoro la persona de Allende, yo trato de llegar a ese mundo de las pasiones que es natural a la condición humana”.

–Su Allende literario no difiere mucho de lo que se sabía en cuanto a sus gustos sibaritas, sus relaciones de amistad y sentimentales…
–Es que ese fue el objetivo desde un principio. El análisis político partidario, del proyecto socialista, es para los políticos, que tampoco se van a poner nunca de acuerdo.

­­–Allende en la historia aparece como una figura apasionada, como un símbolo del desencuentro que existía en el país.
–Ese es el tema que quise novelar: un hombre con sueños y en un callejón sin salida; pensando en su responsabilidad. A través de la exploración de la condición humana –amor, desilusión, tristeza, sueños…–, la literatura se acerca a los seres históricamente reales. Esta novela la puede leer gente de izquierda y de derecha que se va a encontrar con Allende, pero también con un período de Chile por medio no del análisis tradicional archi rayado ya de lo político; de lo que fue correcto o incorrecto; ese tema a mí no me interesa. Esa es la grandeza de la literatura; lo fácil habría sido hacer a un Allende santo, perfecto y convencido hasta el último minuto de todo lo que estaba haciendo.

–En contraposición a este Allende personaje está el ex analista de la CIA arrepentido que vuelve a Chile a buscar al hombre que fuera novio de su hija.
–En Estados Unidos las librerías están llenas de testimonios de ex agentes que se hacen la pregunta de si su accionar tuvo algún sentido, si aquello que hicieron en su juventud recibiendo órdenes, es justificable o no; se cuestionan, no se convierten en socialistas, pero sienten que el dolor les está dando alguna lección.

–También está la narración del piloto que bombardea La Moneda.
–Ese piloto (un tercer narrador en la novela) es un personaje necesario porque todas esas personas están capturadas por la historia y obligadas a asumir un rol que con el tiempo hubiesen querido rectificar y en este caso del piloto, por una cuestión de sentido común, todo piloto de las fuerzas aéreas del mundo se ha formado con una misión que es luchar contra un enemigo, no hacia su propia patria; ese piloto tiene que bombardear justamente aquel símbolo al cual juró defender; y esto sin justificar ni juzgar nada; solo digo que hay circunstancias más complejas que la literatura puede explorar. Ahora, yo no trato de sacar conclusiones, eso se lo dejo al lector.

–Su trabajo de investigación de las casas de Allende debe haber sido arduo…
–Me tocó visitarlas. Por ejemplo, Tomás Moro 200 ahora está convertida en un asilo de ancianos y El Cañaveral es un centro de eventos. En ese sentido, casas que albergan tanta historia debiesen ser consideradas como algún tipo de patrimonio…

–¿Y Bucalemu y El Melocotón?
–No, yo ahí no me meto (se ríe).

–Y en su propia historia, ¿cuál es el próximo capítulo?
–Después de todas estas vueltas que he dado por el mundo, he sentido con más fuerza la necesidad de regresar a Chile y de irme a vivir a Valparaíso. Ese es mi próximo proyecto después de la misión diplomática que tengo. En esto, la muerte de mi padre me marcó mucho. Por eso mi mujer dice siempre que hay que jubilarse antes de estar muy viejo para poder disfrutar del retiro, de la jubilación, del tiempo libre… Ser rico hoy para mí es tener tiempo libre…

Roberto Ampuero

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