El presidente de la Fundación Para la Confianza, quien fuera uno de los denunciantes del caso Karadima, está nuevamente en la palestra con su primer libro, “Confianza lúcida”, el cual nace después de muchos años de estudio. Aquí se refiere a su propia confianza, al Vaticano y al arzobispo Ricardo Ezzati.
Por: Francisca Olivares / Fotos: Matías Bonizzoni
Hace unas semanas, José Andrés Murillo, presidente de la Fundación para la Confianza, lanzó su primer libro, “Confianza lúcida”. Una obra que tiene poco más de 100 páginas, pero que está sustentada en una temática que fue pensada durante años y que mezcla mucho de su lectura en relación a los abusos, una parte de su tesis de doctorado en filosofía, fenomenología y política, del trabajo que realiza en la Fundación Para la Confianza, de la cual es presidente, y de la tesis que hizo para su magíster en la Universidad de París.
Para esta entrevista, nos reunimos con él en la oficina de la fundación que está en Miguel Claro, Providencia. En una sala tranquila, con un café (servido en un tazón blanco con el logo de esa entidad), Murillo aclara desde el comienzo que es un texto muy optimista. “Un libro de ética que busca crear un espacio para pensar, comprometerse, defender, construir, mantener y alimentar un espacio de respeto y compromiso”, sostiene.
“La confianza es el capital social más importante hoy en día, pero nadie sabe exactamente lo que es”, añade y comenta que él quería escribir sobre esto porque cada vez que hablaba de confianza le ponía el apellido de lúcida. “Entonces me decían que lo explicara y decidí que tenía que escribirlo para explicarlo y validar el concepto. Para muchos, la confianza lúcida puede tener algo que ver con la desconfianza, pero no: se trata más bien de un espacio, de límites. Es un concepto medio arquitectónico y algunos arquitectos han reparado en eso, pero también es económico, laboral y personal, porque no nos enseñan a poner límites, y los límites son fundamentales para orientarse. No se trata solo de decir ‘tú llegas hasta aquí no más’, sino que también crear un espacio que posibilite la confianza. Para los griegos, conocerse a uno mismo era una manera de reconocer los propios límites. Es que para saber quién soy, necesito saber quién quiero o puedo llegar a ser”, dice.
–Tras el libro hay una contundente bibliografía que incluye “La condición humana”, de Hannah Arendt; “De cuerpo y alma”, de Boris Cyrulnik; “El Leviatán” de Thomas Hobbes, entre muchos más. ¿Por qué explícitamente no está Rousseau, con su concepto del buen salvaje, que era bueno, feliz y libre hasta que surge la vida en sociedad?
–Este libro es muy rousseauniano y tienes razón. La tesis que yo sigo de Rousseau es que el hombre se desorienta en el mundo cuando deja de confiar en sí mismo, como naturaleza original y pone su expectativa en la sociedad, que lo corrompe porque no puede volver a confiar en sí mismo. La confianza es central y el contrato social la supone y la manifiesta. Nombro más a Hobbes porque creo que todos en algún momento nos preguntamos si los seres humanos somos buenos o malos por naturaleza. Es la típica discusión que podemos pensar entre un Hobbes y un Rousseau. Me parece que las dos respuestas son correctas. La bondad y la maldad son posibilidades siempre, y ahí la sociedad tiene un rol importante y una responsabilidad. El ejemplo perfecto es Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Era una época más bien pacifista, pero Hitler logró crear las condiciones para la guerra más sangrienta de toda la historia, en el corazón del mundo civilizado. Hitler tuvo una infancia de maltrato y la sociedad no supo protegerlo. Podemos pensar que se vengó en la sociedad de lo que había vivido cuando niño y los que sufrieron las consecuencias fueron cerca de cien millones de muertos, varias veces Chile entero, ¿te das cuenta? El maltrato es muy grave. Por suerte también existe la resiliencia, la protección social, el trabajo sicológico y empático de muchos que se la juegan por los niños, pero hay aún mucho por hacer.
–También hablas de poder, violencia, corporalidad, fragilidad y promesa, entre otros.
–Hay mucha lectura, trabajo y reflexión detrás del libro. Mi tesis de licenciatura, por ejemplo, la hice sobre la muerte y de ahí el tema de la fragilidad comenzó a ser fundamental. Somos frágiles y vulnerables por estar vivos. La muerte no es un añadido desagradable de la vida, sino parte de su esencia, y eso provoca mucho miedo. Mi tesis de magíster fue acerca del miedo. Es que la política occidental se construyó en torno a dos grandes conceptos: el miedo y el poder, que se traduce también en el término “seguridad”, como una manera de negar la fragilidad y de paso la libertad. No fue sino hasta los años 60, con los movimientos feministas y luego con los derechos del niño y las políticas sociales de protección a los más precarizados, que comienza a tomar un lugar la fragilidad en política.
“Es que la mortalidad es esencial en todo proyecto humano. Es lo que los hace tan maravillosos. Pienso en ese cuento de Borges, ‘El inmortal’ (que es parte de ‘El Aleph’), en que habían hombres que ya no hablaban y no hacían nada porque eran inmortales, porque habían hecho todo en su vida. O en un poema de Enrique Lihn (‘Monólogo de un padre con su hijo de meses’) que dice: ‘No hay tiempo que perder en este mundo/embellecido por su fin tan próximo’. Es como que la mortalidad le diera urgencia a la felicidad, al compromiso y también a la búsqueda de sentido. Pero al mismo tiempo da miedo y el miedo a la muerte muchas veces esclaviza y vuelve a las personas muy manipulables. Por eso me centro en el poder de ‘El Leviatán’ de Hobbes, que es ultra poderoso y con una capacidad infinita de violencia justamente para calmar el miedo a la muerte. Como si en la vida, el miedo a la muerte, compitiera con la libertad. Por eso mi tesis de magíster la titulé ‘La vida contra la libertad’. Porque tenerle miedo a la muerte es tenerle miedo a la vida, y querer ocultar o rechazar la muerte es querer rechazar u ocultar la vida”.
–Uno de los capítulos más bonitos, por su pacto implícito, es el de la confianza y promesa. ¿Cómo surgió?
–Cuando un político, un profesor o cualquier persona decide comprometerse en un proyecto o en una relación, hay una promesa implícita de no hacer daño, pero también de cuidar. Eso es la confianza. Puedo confiar en alguien porque presiento que esa persona implícitamente está prometiendo el cuidado, el respeto. De ahí viene, incluso, la palabra compromiso. Mi libro intenta comprender esta promesa implícita en la confianza. La lucidez de la confianza tratar de explicitar esa promesa implícita. Cuando tú le dices a alguien “Yo confío en ti”, comprometes al otro. Si no dices nada es distinto.
–Dentro de una estructura que permite confiar en otro…
–La palabra confianza, cuando se la pronuncia, crea una estructura.
–¿Cómo lo explicas en un Fernando Karadima? Aunque se le diga “yo confío en ti”, igual haría daño.
–Es que ahí estamos hablando de un tipo que es capaz de pasar por alto ese compromiso, incluso de aprovecharse de él y de la confianza. Un Karadima solo puede abusar cuando hay gente que pone su confianza en él y la gente confía en él porque la Iglesia garantiza que se puede confiar al ordenarlo sacerdote, ponerlo de párroco, confesor… Cuando se le hacen actos públicos o cuenta con el apoyo de la Iglesia.

“Ir a dejar un regalo a Karadima es posicionarse”
–¿De qué manera se traduce la confianza lúcida en Chile desde lo político, económico y religioso?
–En Chile a partir del caso Karadima, el tema de fondo es la confianza y el abuso. Ya veníamos con esa sensación desde la crisis de 2008 por la burbuja inmobiliaria, los escándalos de abuso sexual infantil por parte de la Iglesia en varios países, la primavera árabe, etcétera. La crisis económica surge de una crisis de confianza. Hay una traición a la confianza, un abuso y por eso es el tema ahora en política, economía, marketing y religión. “Reconstruyamos la confianza” es el eslogan en todos los ámbitos. También en la Iglesia.
–En el libro eres claro en sostener que la confianza no se recupera por decreto.
–Esa es justamente la garantía de la confianza.
–Cuando el arzobispo de Santiago, monseñor Ezzati, desestima que hubo encubrimiento por los abusos de Karadima o aparece en El Mercurio llevándole un regalo de Navidad, pareciera que en el eslogan hay palabras vacías.
–Hay que reconstruir las condiciones para confiar. Ir a dejar un regalo a Karadima es posicionarse y Ezzati lo hizo desde un lugar. No se puede servir a dos señores y eso lo sabe bien la Iglesia y hoy la Iglesia probablemente está más preocupada de exculparse o de mostrar misericordia hacia los abusadores y así es imposible crear confianza en las personas, que somos todos los que hemos vivido transgresiones de límites. Cuando Ezzati visita pública y mediáticamente a Karadima, está abusando de la confianza de las personas que quieren o querían volver a confiar en la Iglesia. En esto no existe la neutralidad, no se puede mandar un regalo a Karadima y una tarjeta a nosotros (Murillo, Hamilton y Cruz) como queriendo ser neutro. Quiero ser muy enfático: en la lucha contra el abuso sexual infantil no existe la neutralidad. Es más, la neutralidad es cómplice del abusador. El abuso sexual es muy complejo y para qué decir el abuso sexual infantil. Requiere de mucho trabajo de prevenir, proteger y reparar, y no dejar espacio a ninguna ambigüedad. Hoy la Iglesia en Chile es ambigua y eso es inaceptable. El Vaticano está súper posicionado a favor de las víctimas, en cambio Ezzati lo hace a favor del agresor cuando va a hacer un acto público y a entregar ese regalo.
–¿Es como si estuviéramos ante dos Iglesias? Porque entiendo que el arzobispo Ezzati tiene que responder al Vaticano.
–No soy experto en Iglesia, pero me parece que es básico. Casi desde una mirada empresarial, si una sucursal está yendo en contra de lo que quiere la matriz, significa que hay un problema, volarían gerentes. Pero tampoco sabemos las energías o las fuerzas que están luchando dentro de la Iglesia. Pero lo que sí tengo claro es que yo, desde mi posición en la sociedad civil comprometida contra el abuso sexual infantil, tengo derecho y todos tenemos derecho e incluso la obligación de exigirle a la Iglesia que se posicione por los niños, las víctimas y los más frágiles, porque están a cargo de ellos, y cuando no los cuidan, cuando defienden a los agresores y abusan, es simplemente impresentable. Entonces, tenemos derecho a patear la puerta y hacer un escándalo. Una de las cosas que a mí me da pena es que yo confiaba en la Iglesia como institución que iba a cuidar y comprometerse con los niños sin ninguna ambigüedad, y lamentablemente hemos visto más que ambigüedad.
–De hecho toman frases como “que los niños vengan a mí”, hacen la misa de los niños, algunos se dedican a la educación y se basan en el amor al prójimo, siendo que lo sustancial es que al prójimo no se le dañe…
–Cualquiera que lea el Evangelio se da cuenta que el compromiso y el discurso de Jesús era con los más vulnerables y no por los agresores. Entonces me parece que hoy, en Chile, estamos en una Iglesia que traiciona su propio sentido y origen.
–¿Una Iglesia que responde más a un sistema de vida, con su cuota de poder?
–Creo que lo que más daño ha hecho es la profesionalización de la fe.
–¿Estaría en eso el tema de los obispos, que operarían casi como en los cargos de los ejecutivos más importantes de una empresa?
–Es que… ¿cómo le explicas a un marciano que viene a la Tierra que hay un grupo de personas que quiere seguir a Jesús de Nazareth y después le muestras El Vaticano o a la Iglesia de Santiago con un tipo que lleva un Cristo crucificado y que tiene un anillo de oro en la mano que te pone para que le des un beso? La lucidez consiste en tomar distancia y posicionarse respecto del mundo. La filosofía me ha ayudado mucho para eso. La filosofía consiste en esa distancia crítica que permite ver, analizar, pensar el mundo y la sociedad.
–En el escenario que planteas, ¿es posible volver a confiar?
–Yo necesito confiar porque si no… no vivo. Necesito confiar en la persona que quiero, en mi jefe o en mis trabajadores. Sobre todo a partir de los casos de abuso, de transgresión de límites, de abuso institucional económico, religioso o político surge la urgencia de la confianza. La confianza es una necesidad vital. Hay una confianza básica necesaria para poder vivir.