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Al final de un camino de tierra, en plena montaña de la zona central, Alvaro Scaramelli tiene un refugio. Una casa de madera sencilla, acogedora, luminosa, llena de libros de crecimiento espiritual. Afuera, dos perros cuidan el santuario y hay varios caminos señalados con letreros, donde él guía retiros espirituales con gente que anda con el alma inquieta. En 1985 su alma también estaba inquieta. Alvaro Scaramelli tocaba el cielo y recibía aplausos. No le fue mal. Llenó varios recintos con sus recitales y en 1987 terminó cantando en el Festival de Viña del Mar. Pero ya entonces algo no lo dejaba en paz. Se sentía atormentado. Algo de los aplausos no resonaba en su interior. Sentía un vacío. Tenía demasiadas preguntas y pocas respuestas. Rompió con su grupo y se metió en el mundo metafísico y espiritual que tanto lo intrigaba. Nunca más volvió a ser el mismo. Hoy tiene un centro, Innerlife, donde hace terapias de reiki, sanación con cuencos de cuarzo, biomagnetismo y análisis del aura.
Pero para llegar ahí, el proceso no fue fácil. La vida fue poniendo obstáculos y pruebas desgarradoras, como cuando se le incendió su casa y perdió todo. O cuando se enfermó con la bacteria asesina. No lloró. Para él, las pruebas tienen que ver con lo que llama su camino de “autosanación”.

–¿Qué te llevó a buscar un nuevo sentido en tu vida?
–El otro día estaba pensando en eso. Me tocó preparar algunas canciones antiguas, de la época de Cinema, el grupo que tenía en los ’80, para presentar en un show. Y si escuchas bien esas letras, te das cuenta de que siempre estuve cuestionando la razón de vivir. Tenía una necesidad de encontrar un sentido. Incluso cuando era un loco rayado, me vestía con jardineras, andaba corriendo y tenía éxito... buscaba respuestas.

–Además, debe haber sido un tiempo de mucho carrete...
–No. Para nada. Yo era el “yogur Scaramelli”. Recién me tomé un trago como a los 28 años.

–Pero fumabas marihuana supongo...
–No. Y el grupo con el que me rodeaba –porque esas no son coincidencias– tampoco era desordenado en ese sentido. Así que siempre estuve a salvo. Pero, claro, tenía una energía, una forma de ser, una pachorra, que cualquiera que me hubiese visto podría haber dicho: “Este gallo está drogado”. Pero toda esa energía solo era ansiedad. Claro, me gustaba sentirme famoso, como a cualquier joven, pero no estaba contento. Por eso, después de ir a Viña en el ’87, me fui a Argentina y grabé un disco que se llamaba “Mi tiempo interior”.

–Fue entonces que partiste a Brasil a buscar nuevas experiencias....
–No partí a Brasil. Me llegó Brasil. A partir de distintas experiencias que tuve antes, en el Valle del Elqui, conocí a Trigueirinho, un gran sabio brasileño, con otro nivel de conciencia. En general, me pasaban cosas así. Mis viajes eran extraños. Iba a promocionar un disco, me topaba con alguien que me decía: “Tú tienes algo espiritual” y terminaba en algún lugar. Me llevaban... Así fue como me llevaron a un Centro Espírita y conocí gente nueva.

–¿Esa etapa coincide con el incendio de tu casa?
–No, esto fue después. Primero pasa todo un período en que voy teniendo contacto con informaciones acerca de la vida. Me llegan libros, se me empieza a configurar todo un discurso que es totalmente distinto al que hoy anda dando vueltas. Es un discurso espiritual en que la vida no es casual, es sincrónica, y hay un plan divino para todo. En el discurso oficial las cosas se justifican. En este, todo tienen un sentido, una razón de ser. Y cuando me llega ese discurso y lo entiendo desde el corazón, empiezo a escribir canciones distintas. Porque lo más difícil es poner esa verdad en tu corazón. No en tu cabeza.

–¿Cuál es esa verdad?
–Entender que la vida es una escuela. Que debes dejar de tenerle miedo al futuro, a la vida. Dejar de discutir, de pelear. Todo eso que es muy propio de nuestra naturaleza, debe ser vencido para que la otra realidad sea sustentable. Pero para eso tienes que desafiarte a ti mismo; desafiar la fe, desafiar a Dios, la religión, para que la vida vaya sincronizando nuevos eventos y pueda crear los contextos apropiados para que tú te enfrentes a una nueva realidad. Es un camino de crecimiento, y es doloroso, sanador. Por ejemplo, el incendio de mi casa fue parte de una sucesión de cosas que marcaron el término de una etapa y que, al mismo tiempo, me abrieron posibilidades para aprender a desapegarme de viejas creencias.

–O sea, para ti, perder tu casa fue un aprendizaje más que una pérdida.
–Totalmente. Lo leí positivamente. De hecho, varias veces me topé con el problema de que se me entrevistaba esperando que yo llorara y me lamentara. Pero yo decía que era bueno lo que estaba pasando. Incluso, una vez me censuraron. Me invitaron a un programa del Pollo Fuentes y luego sacaron la entrevista. Claro, me habían invitado para hacerme llorar, pero yo no podía llorar por algo que estaba siendo un aprendizaje. Es más, yo decía que ojalá a todo el mundo se le quemara la casa. Porque cuando pierdes todo, descubres que nada es tan importante. Que puedes volver tener todo nuevamente, que no hay nada a qué aferrarse. Pero esto hay que vivirlo para que el discurso tenga sentido y le pierdas miedo a la vida. Lo único importante es dejar de tenerle tanto miedo al futuro. Ese es el proceso más importante de hacer.

–Convengamos que vivir sin miedo no es fácil...
–Está presente hasta que tú no lo combatas.

–¿Y cómo se combate el miedo?
–Primero, entendiendo que no estás solo en la vida. Que la vida es un sistema, y que ese sistema te abastece de todo lo que necesitas. Cuando, desde el corazón, confías en ese sistema de vida, creas una nueva realidad y ya no hay miedo. ¿A qué le tienes miedo? En el fondo, todos tememos que pasen cosas que suponemos que son malas. Pero olvidamos mirar nuestra historia y ver que, a pesar del dolor, todo lo vivido te ha hecho crecer. Ahí descubres que el miedo solo te inmoviliza. Solo estás cuidando que no pase algo que ni siquiera sabes lo que es.

–¿Cómo se sale de esa trampa?
–Uno de los desafíos más grandes de la vida es aprender a vivir en el aquí y el ahora. Suena bonito, fácil, pero es súper difícil. Vivir en el aquí y el ahora, saboreando cada momento, sin expectativas ni miedos, te permite confiar en la vida. Yo sé, por ejemplo, que la vida conoce mis necesidades. Pocos lo entienden, pero es así. No me falta nada de lo esencial. Tengo dos hermanos empresarios, que ganan muchas lucas, y no pueden entender cómo vivo yo. Porque yo vivo al día. No tengo ahorros ni nada que me asegure que el próximo mes voy a poder pagar los colegios de mis hijos.

–¿Y no te angustia vivir así?
–Antes, me angustiaba. No dormía. Necesitaba asegurar que las cosas estuvieran coordinadas para el próximo mes... Hasta que decidí enfrentar mi pasado y ponerlo hacia el futuro. Si nunca me faltó nada, ¿por qué me va a faltar? Cuando hice conciencia de eso, me di cuenta de que muchas veces me angustié por cosas que nunca sucedieron. Si uno mira bien su trayecto de vida, verá que algo ha hecho que en tu vida todo lo que vas necesitando va apareciendo. Algunos lo llaman milagros. Yo creo que la vida es sabia y que todo lo que viene estará bien. Simplemente, se despierta en ti la certeza. No sé cómo va a llegar, pero llega.

–Eso te pasa a ti que has hecho un camino de sabiduría, pero no le pasa a todo el mundo.
–¿Por qué no? Si todos pertenecemos al mismo sistema. A mí también me ha faltado; he vivido situaciones adversas. Pero todos tenemos la posibilidad de entrar en esta conciencia de saber que perteneces a un sistema de vida. Y si tienes la fe de que lo que vas a necesitar lo tendrás, da por seguro de que te va a llegar. El problema es que tenemos la tendencia a contar aquella parte de la historia que no resultó, los episodios de dolor, sin darnos cuenta de que a la persona que no le resulta, es porque tiene una máquina interna de sabotaje para que las cosas no sucedan. Pero no contamos la historia de los que han salido adelante, de los que se sobreponen a malos momentos. ¿Sabes por qué?

–No...
–Porque estamos tan apegados al miedo, que queremos evitar que ocurran cosas en nuestra vida. Y le prestamos atención a aquellas historias más pesimistas. A mi consulta llegan personas con todo tipo de enfermedades, muchos casos de cáncer, y he visto muchos procesos. Si les preguntas si volverían a vivir la misma situación, te dicen que sí porque la enfermedad les permitió valorar cosas que antes no veían. Te dicen: “Este cáncer me cambió la vida. Si no hubiese sido por esa enfermedad, estaría trabajando como loco, corriendo detrás del miedo y evadir el significado real de mi existencia”.

–Muchos dicen que las enfermedades del cuerpo son enfermedades del alma. De acuerdo a lo que ves en tu consulta, ¿qué nos está enfermando más?
–Lo que hoy está enfermando más a las personas es el miedo, la intranquilidad. Ya nada te hace feliz. Antes, nuestros padres se sentían dichosos con tener su casita propia. Hoy, eso ya no te satisface. Tienes la casa propia y ya estás insatisfecho y quieres la casa en la playa. Esa permanente insatisfacción está generando mucha infelicidad. Si no partimos por entender que la vida es inteligente, que sabe lo que hace, seguiremos apegados al temor y la infelicidad. Pero si confiamos en esa inteligencia o conciencia universal que lo envuelve todo, y tienes fe de que tu vida se encargará de que vivas aquello que debes vivir para evolucionar en tu conciencia, lograrás vivir en armonía.

–Suena súper bonito, pero no sé si es posible...
–Es bonito, y no es nada fácil. Pero si aceptamos que la vida es una escuela, que estamos aquí para aprender y sobre todo para aprender a administrar nuestra libertad, tienes el 50 por ciento del trabajo avanzado. Lo otro es buscar el equilibrio. La humanidad está viviendo un cierre de ciclo. Lo dicen todos. Y en este cambio debemos saber que todas las polaridades son malas. El trabajo es situarse en el centro, ahí está el equilibrio. Pero tienes que combatir tu ego. Si lees las enseñanzas de Jesús verás que todo lo que él planteó va contra la naturaleza humana. Te pide poner la otra mejilla, bendecir al enemigo. ¿Y cómo haces para no reaccionar? ¿Cómo aguantas la rabia, el odio? Eso es lo que tenemos que aprender. n

Álvaro Scaramelli: “Lo más difícil es vivir en el aquí y el ahora”

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