Muchas veces, la obra del genial fotógrafo alemán fue calificada como “porno chic”. A él nunca le importó y siguió inmortalizando mujeres con látigos y bikinis de cuero.

1976

Una buena fotografía de moda debe parecerse a cualquier cosa menos a una fotografía de moda. A un retrato, a una foto de recuerdo, a una de un paparazzo...”, explicó Helmut Newton en una ocasión, y su obra, ahora expuesta en una amplia y magnífica retrospectiva en el Grand Palais de París, es evidencia de que él nunca olvidó su propio consejo.

Las imágenes que creó durante décadas para Vogue en Francia e Italia, Elle, Esquire y otras importantes revistas, tuvieron a menudo como excusa la moda, pero son fotos donde el énfasis está puesto más en el sentimiento, la seducción, la pasión, la violencia o el voyerismo, que en un trozo de tela magistralmente cortado y drapeado por un couturier. Eso no significa, claro está, que la ropa no haya sido una herramienta básica en su vocabulario visual; después de todo, este es el hombre que convirtió el tuxedo de Yves Saint Laurent en un uniforme de la elegancia andrógina y los tacos de Louboutin en un arma erótica y letal.

Desde un comienzo los críticos se refirieron a su trabajo como “porno chic”, y aunque el término refleja bien parte de su estética –especialmente aquella de dominatrices arias en ajustados corsets y tacos de 10 centímetros enclaustradas en alguna suite en Montecarlo–, se queda corto para cubrir el arco de sus obsesiones. El lujo grotesco, por ejemplo, estuvo siempre presente en Newton, igual que la celebridad convertida en carne cruda y abusada.

“Me encanta la vulgaridad. Me atrae mucho el mal gusto, que me parece más excitante que el pretendido buen gusto, que no es más que una normalización de la mirada”, dijo el fotógrafo en una conferencia de prensa en 1984.

1973

Newton murió hace ocho años en un accidente de tránsito frente al legendario Chateau Marmont en Sunset Boulevard, en el corazón de Hollywood. Fue, suponemos, la muerte perfecta para alguien como él, que vivió buena parte de su vida rodeado del glamour embriagante de la fama y la moda. La otra parte, que lo ponía tanto o más orgulloso, fue quizás menos brillante y mucho más brutal –el nazismo alemán, la guerra en el Pacífico Sur–, pero tuvo una influencia fundamental en su visión como fotógrafo.

La primera vez que Newton vio una prostituta, por ejemplo, fue a los siete años, cuando su hermanastro, de 17, lo llevó a un burdel de Berlín. Ahí lo esperaba Erna la Roja, una activa y dedicada profesional famosa en la ciudad por sus pantalones rojos y su látigo. El fotógrafo nunca la olvidó y su imagen se repitió mil veces más en algunas de las revistas más elegantes y sofisticadas del mundo.

“No me gusta ni la amabilidad ni la dulzura”, dijo una vez, como si la explicación fuera necesaria.



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En esta imagen de archivo, Helmut Newton aparece con su mujer, June, que fue curadora de la actual exhibición en Francia.

La muestra en el Grand Palais, que incluye más de 200 fotografías y permanecerá abierta hasta el próximo 17 de junio, fue organizada con la colaboración de June Rusell, su viuda, colaboradora y la mujer que pasó medio siglo junto a él. La exposición se centra en sus temas más conocidos: la moda, el desnudo y los retratos de personajes célebres.

Newton utilizó la fotografía de moda para plasmar su concepción del mundo y de la belleza. En lugar de trabajar en estudio como solían hacer la mayoría de sus colegas, prefería salir a la calle, instalar su cámara en un hotel, una piscina pública o en un puente. En su auto siempre llevaba fustas, esposas y cadenas, elementos sadomasoquistas que le parecían inevitables en el juego de la seducción y, por lo tanto, de su trabajo.

VogueLondres1967

Durante su larga carrera, puso frente a su lente a numerosas personalidades –Andy Warhol, Salvador Dalí, Karl Lagerfeld, Paloma Picasso, Elizabeth Taylor, Margaret Thatcher–, pero uno de sus retratos más memorables es el de Catherine Deneuve, captada en 1976 para la revista Esquire, donde la actriz aparece mirando a la cámara con actitud desafiante, un cigarrillo en los labios y la mano entreabriendo el escote de su vestido, resumiendo así el estilo Newton en todo su esplendor.

En su autobiografía, publicada poco antes de su muerte a los 83 años, el fotógrafo recuerda su niñez en Berlín –un sitio “donde las mujeres andaban desnudas bajo sus pieles”–, su paso por el Ejército australiano, y su llegada a París, que, según él, fue uno de los momentos más importantes de su existencia. También revela que el sexo –o más bien la fantasía sexual– fue un pozo inagotable de ideas e inspiración. “En muchas de mis fotografías aparecen mujeres con monóculos”, escribe. “Una chica que trabajaba conmigo en el laboratorio en 1936, llevaba monóculo... cosa que me volvía loco sexualmente. Un día cuando Paloma Picasso estaba en mi estudio a mediados de los años 80, saqué un monóculo y le dije: ‘Vamos, Paloma, póntelo en el ojo’. Y ella lo hizo y le tomé la foto”.

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