Acaba de estrenarse la serie “El diario secreto de una profesional”, en TVN, donde es la protagonista. No le fue fácil aceptar el desafío, porque ella no hace desnudos. De hecho, hubo que contratar a una doble.
Por: Carolina Honorato / Fotos: Jorge Bustos / Producción: Francisca Reyes / Asistente de producción: Alejandra Ossa / Maquillaje y pelo: Raúl Flores / Vestido: Warehouse en Falabella / Zapatos: Naturalizer
Hace un rato que decidí no hacer desnudos para la televisión. Puede sonar contradictorio porque nuevamente estoy haciendo un personaje que juega el rol de sexy todo el rato, de hecho es una prostituta, pero tengo una doble”, dice.
“Al principio me complicó que me ofrecieran proyectos relacionados con personajes sexies. Yo no quiero quedarme con ese estigma. Hoy es a lo que juega la televisión, pero me sorprendió que todos esos proyectos fueran en relación al sexo”, agrega.
“Yo decidí no hacer más desnudos porque la televisión abusa de ellos y a mí no me parece interesante ni bonito. Muchas veces va en desmedro de la escena. Y si me quieren sabiendo mi manera de pensar y aun así necesitan el desnudo explícito, deben contratar a una doble. Mi problema no es que la gente piense que soy yo la que aparece, esto es más profundo, tiene que ver con una protesta”.
Y continúa: “Yo no critico a los que hacen desnudos, pero para mí no es necesario. Creo que mostrar tanta pechuga no sirve de nada. Uno con ropa puede generar sensaciones mucho más fuertes que siendo tan obvia”.
“Acepté este personaje porque es súper completo y muy humano. A pesar de no ser una víctima y gustarle mucho lo que hace, se puede ver los prejuicios que tiene y la incapacidad de enfrentarlos. La serie es genial y es un tremendo desafío. Mira, yo puedo ser súper sensual para este rol y tocar todas las teclas que quieran desde mi lugar de actriz. Tengo que pasar por toda la gama de colores para interpretarla”.
“Yo quiero hacer en mi carrera, todo el abanico de personajes, por eso que también trato de alejarme de ese rol”.
Esta es la declaración de principios que hace Fernanda Urrejola, al comenzar esta entrevista, subrayando sus convicciones y asumiendo sus miedos, estigmas y demases.
Fernanda tiene 30 años y lleva nueve en televisión. Hace tres que se emparejó con Stefano Benaglia, el italiano que robó su corazón. Primero, eso sí, fue su gran amigo, amistad que mantienen hasta hoy tratando de que no se interponga en su relación amorosa.
“Stefano me conoció antes de enamorarse. Me sacó la radiografía completa y después me quiso así. Y yo a él también”.
Ella está enamorada. Ambos están enamorados, y viven juntos… “¿Ganas de casarme? I am a single lady. Los papeles me dan lo mismo. El matrimonio es el rito de celebrar el amor”, dice.
Hace dos años quedó embarazada; sin embargo, eso no llegó a puerto. Fue durísimo para los dos, aunque entendieron que era un proceso natural, comprendieron que estaban sanos y que podían intentarlo de nuevo. Hasta hoy no lo han hecho, pero Fernanda reconoce que tiene ganas, muchas ganas de ser mamá.
“El verdadero amor nace de uno mismo”
Fernanda está terminando de grabar la serie para TVN, de filmar la película de Ernesto Díaz “Tráiganme la cabeza de la Mujer Metralleta” y está abierta a nuevas ofertas. “Eso no me produce ansiedad, siento que están pasando muchas cosas”, explica. Por el momento, se concentrará en el guión de su propia película, lo que tiene un poco congelado debido a la carga de trabajo a la que estuvo sometida.
“Entendí, desde la impaciencia de la vida, que todo tiene su tiempo, no importa cuánto demore. No sé cuánto se vaya a demorar mi proyecto, pero tengo ganas de hacerlo y sé que lo haré”.
–O sea que ya no sigues siendo impaciente.
–No, en lo cotidiano tal vez. La vida no es un plan, hay que estar atentos y disfrutar de las cosas mientras pasan.
–Te entrevisté tantas veces triste, de-sorientada. ¿Cuándo se produjo el cambio?
–Fue cuando me di cuenta de que el verdadero amor nace de uno mismo. Yo entendí que tenía que quererme, aceptarme, para que existiera un buen amor y la vida me mostrara las cosas buenas.
“Soy busquilla, me fascina la sicología, pero el inicio fue hacer el ejercicio conmigo. Hoy me subí a un taxi y el conductor me dijo: ‘Estoy súper bien y la verdad es que me di cuenta de que depende de uno’. Uno tiene que atreverse a abrazar la vida”.
–¿Cuál fue el momento más terrible de tu vida?
–Mis grandes profesores han sido mis relaciones de parejas. Hay un momento en que lo estaba pasando muy mal, cuatro años atrás, y de repente me vi a punto de volverme loca. O seguía y me volvía loca o hacía un cambio.

–¿Y la lucidez de dónde vino?
–No sé. Algunos le llaman corazón, otros guata, otros instinto o conciencia. Pero yo estaba en el living de mi casa sola, casi sacándome los pelos y me pude ver a mí misma. Y dije: “Esto no es lo que quiero para mí, no es lo que soñé”. Y empecé a ejercitarme, a elegir vivir distinto, desde la mañana. Y todo empezó a cambiar. Hay que llevar a la conciencia cómo uno se hace daño constantemente.
–¿Qué cicatrices tienes?
–Tengo una en mi cara, en mi guata y en el alma también, pero nombrarlas sería traerlas al presente. Están sanas, dejémoslas quietas.
–¿Perder un hijo?
–Es algo gigante, pero real y normal. Yo tomé como un regalo el embarazo y después me quedé con la idea de que era fértil y de que podía ser mamá.
–¿Cómo te hacías daño?
–Con malas elecciones, al ponerme en el papel de la víctima, en culpar a otros de mis problemas. Así es más fácil vivir, sin hacerse responsable de nada, pero también es más doloroso. Y si yo no hubiese estado en esto, jamás me habría fijado en Stefano.
“Yo lo habría pasado por alto, porque era sano, normal, sensible, abierto, bien resuelto. Nada tenía que ver el prototipo de hombre que buscaba. Y hoy tengo una relación de tú a tú, de iguales. Entre nosotros no hay competencia, él no tiene rollos con el ego. En fin, uno elige lo que tiene”.
–¿Hay algo que evitarías en tu vida?
–Hacerme daño, el autoflagelamiento, ponerme en el lugar equivocado. No me interesa. Me gusta la pasión, la aventura, las cosquillas en la guata, pero antes en mi vida, por el apego a la inestabilidad, eso estaba relacionado con el vértigo, con el pasar del cielo al infierno. Ya no más de eso.

“Hoy no temo a las emociones”
Todos estos años Fernanda ha buscado ayuda, conocerse y reconocerse. Su pasión por la sicología la hace, además, ser bien matea al respecto. Una luchadora innata por su tranquilidad. Y lo transmite. Tiene una paz nunca antes vista.
“Lo primero que hice, antes de hablar con alguien, fue decidir instintivamente vivir la vida desde el amor. Hay un punto de certeza que es mucho más grande que la idea de lo mal que lo estás pasando. Yo no te puedo explicar desde dónde aparece esa certeza. Fue verme a mí y decir: ‘Yo quiero mucho más para mí’”.
–¿Luego?
–Empecé a ir a las charlas de la Pía Sartorius. Ella es una actriz española que se vino a Chile a vivir. La Pía enseñaba la meditación del sonido primordial de Deepak Chopra y empecé a hacerlo. Mira, todo es como ir al gimnasio, uno hace un ejercicio con uno. Y así empecé a profundizar más, hice el Eneagrama y después, como el ego es power, cuesta renunciar, y así llegué donde Isha. Ella habla del “amor conciencia” y creó un sistema a partir de su experiencia, que trabaja con los pensamientos y te ayuda a liberar estrés. Me ayudó en muchos aspectos.
–Saquemos conclusiones.
–El trabajo como actor, como todo en la vida, es experiencia, y yo creo que no hay que tenerle miedo a eso, al fracaso, no hacer las cosas esperando resultados, siento que hay que vivir… Yo soy matea, en el pre de un trabajo, por ejemplo, armo y desarmo un personaje; pero cuando parto, es el presente lo importante y me pierdo si me concentro en el resultado o en lo que van a opinar los demás...

“Yo aprendo todos los días a vivir. Me da risa, a veces me leo y pareciera que me transformé en la santa feliz, como que no me entran balas, pero no es así, no soy iluminada, solo decidí enfrentar la vida como venga. Y sí, hay muchas cosas que me dan rabia, pero no tengo miedo a sentir esas cosas”.
–¿Cuál fue la última rabia?
–Hoy, cuando vi las noticias, cuando vi cómo está el país… Todo lo que pasó con Daniel Zamudio. Es importante ser vulnerable, estar abierta a la vida, desde un lugar real, sin máscaras. Yo no soy híper resuelta.
–¿Cuál es la máscara que más usas?
–He tratado de liberarme de las máscaras y siento que lo he logrado. Pero es difícil que deje de importarte la opinión que tienen los otros de ti. Aunque me siento cada día más libre, a veces me sorprendo a mí misma, con una nueva, envuelta en espiritualidad, a veces me muestro resuelta, cuando tengo un torbellino debajo de mis pies… Hay que mantenerse atentos para ser reales, y no hacer nada poniendo la atención en agradar a otro. Hay tanta dualidad, tantas contradicciones en Chile, y yo soy parte, todos lo somos.

–¿Cuál es tu dualidad?
–Por ejemplo, esta pega, aceptar un personaje que me da miedo. Cuando me llamaron por primera vez dije que no. Mira, cuando al final dije que sí, decidí trabajar el personaje desde la terapia cognitiva corporal junto a Larisa Michell. Es una terapia que trabaja desde el cuerpo las emociones: la pena, la alegría, el miedo y la rabia. Y cada uno de nosotros en su estructura física es especialista en una emoción. Y mi personaje es desde la rabia, y esa es la emoción en la vida que más me cuesta. Hoy la siento más clara, antes pasaba a la pena al tiro. Y eso me ayudó a enfrentar el miedo que me daba este personaje y lograr conectarme con la energía de la rabia.
“Esa es una contradicción de la que uno puede salir. Uno no se puede quedar atrapado. Hoy no le tengo miedo a las emociones. Desde chica nos enseñaron a no llorar, a que la risa abunda en la cara de los tontos, un montón de ideas preconcebidas… Desaprendamos ya. Es necesario romper con esas grandes ideas de cómo tiene que ser la vida. Esos lugares son ajenos a nosotros. Al final, lo que sucede en las manifestaciones, lo que le ocurrió a Daniel Zamudio, habla de que somos un país con mucha rabia y que nos da miedo reconocerlo. Las emociones son físicas. Si las botáramos, no tendríamos necesidad de gritar en un taco o de gritarle a un tipo que nos choca. Es parte de la naturaleza humana sentir, y nosotros lo reprimimos. Y sin ser idealista, porque el idealismo es cruel, si la educación estuviese más centrada en el ser humano, en el autoconocimiento, no tendríamos problema de bullying en los colegios, de no saber qué estudiar, porque todos nuestros ideales están ubicados en un lugar muy ajeno a nuestra naturaleza y eso nos hace ser infelices. Queremos algo que está lejos. Todo esto es agotador, porque es como ir al gimnasio. Y hoy, cuando el taxista decía ‘depende de uno’, yo fui feliz”.