su principal desafío es
devolverle la credibilidad al gobierno y que la gente vuelva a confiar.
Afirma que hay algunos que le hacen “bullying” al Presidente, porque su estilo es directo y poco protocolar.
Por: Claudia Alamo / Fotos: Ronny Belmar
Cuando Andrés Chadwick llegó a La Moneda, hasta sus opositores dijeron que había arribado un político de peso pesado. No es un pánzer, como lo era José Miguel Insulza, ni un vehemente como Francisco Vidal, pero es un hombre reconocidamente diestro en el arte de conciliar y de moverse con recatada estrategia. Así que no fue solo que el Presidente Sebastián Piñera haya considerado necesario incorporar a la UDI a la toma de decisiones de su círculo más íntimo, o que el nuevo vocero fuese su primo, sino que Chadwick tenía –además– un manejo político que el gobierno necesitaba. Desde entonces, no hay dos opiniones. El secretario general de Gobierno es un ministro altamente influyente. ¿Por qué tanto? Dicen en Palacio que es su estilo lo que le da las llaves para entrar y salir por cualquier puerta.
–Ministro, ¿es realmente tan componedor, conciliador, como se ve?
–...No sé si la palabra es conciliador, pero tengo un espíritu que busca colocarse siempre en el lugar del otro, entender su planteamiento, ver de qué manera se puede avanzar o llegar a puntos en común. Pero no hay que confundir esa actitud con el hecho de tener posiciones y fuerza para defender convicciones.
–¿Y nunca se enoja?
–Sí, me enojo, como todos. Pero tengo un carácter que permite que el enojo no me interfiera ni se transmita a aquello que estoy haciendo. Siempre he pensado que no poder controlar una emoción termina siendo perjudicial.
–Saber manejar sus emociones, ¿se le da por carácter o es una disciplina que practica?
–A ver, uno trata de controlar ciertas emociones, como la rabia, el enojo. Pero, claro, hay momentos en que se hacen incontrolables. Ahora, en general, creo mucho más en el poder de escuchar y de razonar que en la explosión emocional.
–¿Se deprime el vocero de gobierno?
–Sí, claro... Siempre hay momentos del día en que uno está con más fuerza, más motivación, y otros en que estás más cansado, con menos energía. Pero durante el tiempo que llevo de ministro he sentido más momentos de cansancio que de falta de motivación. Ahora, la palabra depresión tiene otra connotación, es enfermarse. Y eso no me ha pasado. Gracias a Dios, no me he oído nunca diciendo: “¡Pucha, por qué me vine a meter aquí”, o “podría haber seguido de senador”. No. Estoy súper motivado. Mis amigos me dicen que me ven muy contento.
–Hace pocos años quiso tomar distancia de la contingencia. Se enfermó del corazón y parecía convencido de tomar el camino académico...
–Cierto. Yo había tomado la decisión de no continuar en el mundo parlamentario y tratar de buscar otros caminos. Pero cuando el Presidente me pidió que fuera ministro, le dije inmediatamente que sí. Uno no puede decirle que no al Presidente y al gobierno del cual uno es parte. Y, además, porque pensé que si el Presidente me lo estaba pidiendo –conociéndome como me conoce y por la relación que teníamos– era porque él sentía que yo podía colaborarle. No le iba a decir jamás que no.
–La familia, la cotidianidad, ¿se ha afectado mucho con un cargo tan demandante como este?
–Yo llevo muchos años en esto. Por lo tanto, es una forma de vida. La relación de la familia está dada por horarios, por formas distintas. Eso está incorporado.
–Y en todos estos años, ¿sus hijos nunca le han pasado la cuenta?
–¿Pasadas de cuenta? Tengo la impresión que no. O sea, nunca he sentido eso. Mis hijos ya son grandes y tenemos una relación que es imposible mejor. Siempre han sido muy cercanos conmigo.
–Y esos jóvenes, los hijos del vocero, ¿son críticos del gobierno?
–Algunos sí. Otros no. Tienen sus propias opiniones y se aproximan a la vida con mucha independencia. Yo vengo de una familia –y mi mujer lo comparte plenamente– en que la formación de los hijos siempre está marcada por valores básicos que incluyen el respeto y la libertad. Creo que como padres logramos formar hijos con capacidad para ir descubriendo la realidad, aproximándose a ella con libertad, para poder tener sus evaluaciones. Siempre los hemos estimulado a tener planteamientos propios y a interesarse por todo.
–¿Son apolíticos?
–No. Pero son apartidarios. A ellos les gusta la política. Se interesan. Ya están en torno a los 30 años y más que comprarse un cuento armado, tienen sus propias percepciones. Ninguno es tímido. Me dicen, con el mayor cariño, “papá, hiciste bien esto. Hiciste mal esto otro. Esto lo debieran hacer por aquí. Esto por allá. Deberían tener más sensibilidad para esto otro”. O sea, tienen opinión. Y eso me gusta.
–Y el papá, que es vocero de un gobierno, también tiene opinión. Se supone que no puede estar en desacuerdo con el Presidente. ¿Cómo hace para mantener su posición al margen, cuando no está de acuerdo?
–Obviamente, en desacuerdo no puedo estar. Sería surrealista. Pero sí puedo conversar con el Presidente y señalar si hay un error. Eso no tiene nada de malo. Un error lo cometemos todos. Lo peor es pensar que en un gobierno el Presidente o sus ministros son Dios. Por lo tanto, si se llega a cometer un error, hay que reconocerlo. Lo peor es tratar de disfrazarlo frente a la opinión pública. Ahí pierdes lo más preciado que puede tener un gobierno: su credibilidad.
–Tema sensible. Las encuestas no le dan buenos índices de confianza y credibilidad al gobierno.
–Desde mi vocería, yo quiero colaborar a tratar de construir la mayor credibilidad posible. Y estamos trabajando muy seriamente para fortalecer la confianza con la ciudadanía. Por eso, si se comete un error, yo lo digo.
–¿Se recuperan las confianzas?
–Sin duda, pero para recuperar confianzas tienes que tener una actitud muy decidida y todo lo que digas debe ir acompañado de hechos concretos que demuestren que las cosas están cambiando. Hoy tenemos muchas obras que mostrar. No podemos tener temor de que nos saquen al pizarrón. Hemos cumplido en crecimiento, estamos cumpliendo con el empleo, tenemos listo el posnatal y el 7 por ciento de los jubilados. Ya hemos avanzado dos tercios en la reconstrucción, se terminaron las listas Auge y estamos con la inscripción automática y el voto voluntario implementado.
–Sin embargo, da la sensación que la ciudadanía sigue siendo crítica del gobierno.
–Yo veo que las encuestas han ido subiendo. Lo que pasa es que el año pasado tuvimos un ruido muy fuerte con la educación. Eso dio la impresión de que había una nube que nos tapó. Eso fue muy potente comunicacionalmente. Al mismo tiempo, como gobierno teníamos una situación muy compleja: habíamos generado muchas expectativas y estábamos en una etapa en que esas expectativas que se habían creado eran imposibles de materializar, porque estábamos entre el terremoto y el inicio del gobierno. Necesitábamos más tiempo. Hoy ya tenemos obras, hechos y leyes que se están implementando. Poco a poco la gente lo va a ir reconociendo.
–En ese sentido, ¿cuán controvertida cree usted que es la figura presidencial en la evaluación de la gente?
–Algunos quieren imponer esa visión. Lo que pasa es que algunos quieren que el Presidente sea la persona más afectiva del mundo. Otros quieren que sea la persona más ejecutiva. Pero el Presidente fue elegido con su carácter. El no es un aparecido en la vida política chilena. Nadie puede decir que no lo conocía. Las potencialidades del Presidente están radicadas fundamentalmente en su fuerza y convicción para hacer desarrollar el país. Por eso una mayoría votó por él.
–A lo mejor, esa mayoría dejó de quererlo...
–No. Lo que pasa es que tuvimos dificultades iniciales. Y más que dejar de quererlo, se produjo mucha expectativa. Hubo problemas para ir satisfaciendo esas expectativas, pero tengo la confianza absoluta de que eso va a cambiar.
–O sea, ¿para usted como ministro no es un tema tratar de ajustar la figura del Presidente?
–Lo tengo muy claro: yo no voy a tratar de cambiar al Presidente en su manera de ser. No es necesario. Es un absurdo. El tiene que ser como es. Todo el mundo lo conoce. Su valorización va a venir por ser un gran Presidente, un ejecutor, alguien que avanza, que logra hacer crecer el país.
–Puede ser superfluo, pero cuando Rogers Waters manda una carta contando su encuentro con el Presidente y diciendo que ojalá que no todos los Presidentes fueran tan descuidados con la verdad, ¿eso no lo perjudica?
–Pero es que esa es una frase hecha, una frase política de Roger Waters. El no puede ser un mejor cantante, pero cuando se reunió con el Presidente no le dijo nada. A tal extremo que después de esa frase, el propio embajador británico tuvo que salir a decir que no era así. Y él había estado ahí. Entonces, no hay que tragarse –ni nosotros no vamos a tragar tampoco– todos los sapos.
–¿Eso perjudica el aura presidencial?
–No. Al final son situaciones que se dan. La gente logra hacer la diferencia. Hay una mayoría en el país a la que no le gusta que una persona extranjera, que es recibida por el Presidente, actúe así.
–¿Cree que le hacen bullying al Presidente?
–Obviamente, los que no lo quieren le hacen bullying. Es evidente.
–¿La ciudadanía lo respeta menos que a Lagos, por ejemplo...?
–Es que son personalidades distintas. Lagos era el Presidente en sus formas más tradicionales. Y el Presidente Piñera tiene formas mucho más actuales, sueltas, sencillas. Tiene sentido del humor y se relaciona con bromas. No le gusta mucho el tema del protocolo. Por supuesto, respeta la investidura del cargo, pero lo ejerce de una manera distinta, porque su personalidad es diferente. Finalmente, a la hora de gobernar, lo importante es el carácter con el cual se ejerce el poder. Y ahí no hay discusión. El Presidente tiene un carácter fuerte, firme, decidido, claro; no se deja amedrentar, no tiene problemas en asumir las adversidades o pagar el costo de tener menos popularidad por avanzar en lo que él cree.

“Vamos a abordar los movimientos sociales escuchando, pero manteniendo una conducta seria y responsable. No es justo que cosas que llevan años pendientes, ahora se las pidan todas al gobierno de un año para otro”, asegura el secretario general de Gobierno.
“Necesito estar solo”
–¿El vocero de gobierno debe ser una persona operada de los nervios? A veces, da la impresión que hay que tener una cierta negación de la realidad para poder comunicar...
–No, no. Lo más perjudicial para ejercer un cargo de gobierno es estar ajeno a la realidad. Yo trato de estar muy metido en lo que pasa; conocer todas las apreciaciones. Espero no caer nunca en la negación. Lo que sí es que yo considero que la tranquilidad en el ejercicio del poder, la serenidad, son buenos compañeros. En general, trato de no dramatizar ni tampoco de disminuir las cosas.
–¿Y cómo lo hace para mantener ese equilibrio? El ministro Hinzpeter, por ejemplo, reconoció alguna vez que él necesitaba un par de horas al día de silencio total...
–...A mí me gusta estar solo. Necesito estar solo. Siempre me dejo un momento para reflexionar, pensar, leer. Siempre digo que lo mejor es esperar un minuto antes de tomar una decisión. Eso es algo muy mío. Te permite ver si las cosas tienen real importancia o no.
–Por ejemplo, recientemente Amnistía Internacional dijo que en Chile se ha endurecido la mano de la represión policial. ¿Esa era, para usted, una información de real importancia o no tanto?
–Obviamente. Para nosotros, el tema de la acción de Carabineros es súper importante. Sobre todo, considerando que hemos tenido muchas movilizaciones sociales. Entonces, tienes que preocuparte de que tus fuerzas policiales sepan reaccionar, actuar, manejar los elementos de prudencia, oportunidad, y de que no exista una fuerza excesiva.
–¿No la hay?
–Hoy tenemos una institución, como es Carabineros, que formó un departamento de Derechos Humanos, que no había tenido nunca. Y si se produce una denuncia, se busca que se investigue inmediatamente. Esa es la manera para que Carabineros esté siempre legitimado.
–Sin embargo, es una crítica extendida que la policía se ha excedido en las calles...
–Nunca ha habido mayor posibilidad, acceso y expresión de movilizaciones sociales en Chile, que en este tiempo. Nunca. Pero el tema no dice relación con las manifestaciones, sino que con aquellos que aprovechándose de las movilizaciones, se meten a cometer violencia. Esos le hacen un pésimo favor a las manifestaciones y, obviamente, el gobierno se va a ver obligado a tomar cartas en el asunto.
–Ser acusado por represión, debe tener altos costos para un gobierno de derecha, ¿no?
–Un desafío de nuestro gobierno –y por distintas razones históricas– es generar gobernabilidad. ¿Cómo se da esa gobernabilidad? Uno, trabajando para que el país funcione, crezca, para que haya empleos. Y, segundo, saber enfrentar circunstancias políticas, adversidades. Por ejemplo, para el gobierno sería fácil no tener ningún problema en Aysén. Le rebajas un 20 por ciento el precio de la bencina. Pero, ¿es justo?, ¿es equitativo? ¿Qué efectos produce en el resto del país? ¿Por qué no lo va a pedir Cerro Navia, donde hay mucha más pobreza? Entonces, parte de la gobernabilidad es generar la solución dentro de lo que es posible.
–Gobernar en la medida de lo posible, como alguna vez dijo Aylwin.
–Sí, en la medida de lo posible, con justicia, equidad y responsabilidad fiscal. Por eso, vamos a abordar los movimientos sociales escuchando, pero manteniendo una conducta seria y responsable. No es justo que cosas que llevan años pendientes, ahora se las pidan todas al gobierno de un año para otro. Es imposible. Este gobierno de centroderecha va a marcar una conducción política en el país donde, atendidas estas exigencias, las vamos a responder dentro de un marco que no tire a este país por la ventana. Y, en segundo lugar, vamos a hacer el resguardo del orden público. Podrá no gustarle a alguien, pero es nuestro deber hacerlo.