Señoritas bien educadas, pero con encanto es lo que propone la mayoría para el próximo invierno. Solo Marc Jacobs se apartó de la tendencia.

Texto y fotos: Manuel Santelices, corresponsal

Es una gran tragedia que Agatha Christie haya muerto en 1976, porque quizás nadie mejor que ella podría haber escrito esta crónica sobre la Fashion Week de Nueva York que incluyó esta vez la enrarecida atmósfera de mansiones campestres, glamorosas heroínas, excéntricos personajes y una muerte al borde de la pasarela.

En la que promete ser una de las notas más curiosas –y tristes– en la historia de la Fashion Week, la socialité y “fashionista extraordinaire” Zelda Kaplan murió en su asiento de primera fila en el desfile de Joanna Mastroiani a minutos de haber comenzado el show. Zelda tenía 93 años, la reputación de dormir poco y salir mucho, y un amplio círculo de amigos que incluía desde Oscar y Annette de la Renta a Snoop Dogg. “Estaba sentada a mi lado”, comentó la reportera de modas Ruth Finley. “De pronto se desplomó. Pensé que se había desmayado, pero no; estaba muerta”.



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Nueva York lamentará su pérdida, porque mujeres con un estilo tan valiente y excéntrico no abundan, y porque estas “avis raras” urbanas son a menudo una valiosa fuente de inspiración. La mejor evidencia de esto último fue la muy aplaudida colección de Marc Jacobs que, observando los demenciales looks de editoras como Anna Piaggi del Vogue Italia, o Lynn Yaeger del Village Voice –ambas primas hermanas de Zelda en lo que se refiere a sus guardarropas–, lanzó a la pasarela amplios abrigos de lana, brocatto y mohair, vestidos sobredimensionados y, en un toque teatral, gigantescos sombreros multicolores hicieron lucir a las modelos como Mary Poppins 2.0 distorsionadas por un cóctel de éxtasis y LSD. “Fabulous!”, sentenció la prensa especializada.

El resto de la semana tuvo un tono claramente más moderado.

Si algo puede deducirse después de observar los casi 350 shows que se presentaron durante la Mercedes-Benz Fashion Week en Manhattan, es que el invierno 2012-13 marcará el regreso de un chic bien educado, con aroma a penthouse de Park Avenue, que sin embargo no tiene nada de aburrido o anticuado. A falta de un mejor término, lo llamaremos un chic neoclásico.

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El mejor ejemplo de la tendencia fue presentado  por Carolina Herrera, que esta temporada, según dijo, se inspiró en el mundo real. Todo tiene sus límites, obvio, porque cuando Carolina Herrera habla de “realidad”, está refiriéndose a polleras  “pencil” bordadas, pedrerías y vestidos de noche que en manos de otro podrían parecer hasta solemnes, pero que con Carolina son  irresistiblemente modernos.

Tommy Hilfiger, que ha recurrido a la fantasía del “american preppy” desde el comienzo de su carrera, llevó a la pasarela a una mujer con pasión por el campo, la caza y la equitación que no tiene problemas en combinar sus botas de montar con delicados vestidos de seda con motivos ecuestres, que aprecia el perfecto corte de abrigos de cuero, y que demuestra su excentricidad en la combinación inesperada de colores y pequeños detalles y accesorios. El desfile llevó como título “Town & Country” y se presentó en el enorme Park Avenue Armory, convertido esa noche en la más chic “manor house” que uno pueda imaginar.

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Lindsay Lohan fue la antiheroína de toda la Fashion Week. Su look  está pasado de moda.

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Anna Wintour en la celebración de los 50 años del Council of Designers of America.

Hablando de “manor houses”, ¿ha visto la serie Downton Abbey? Ralph Lauren sí lo ha hecho, y porque como tantos otros quedó fascinado con las intrigas del conde Grantham, su familia y sus sirvientes, no solo abrió su show con el soundtrack de la serie, sino que buscó inspiración en el esplendor de la era eduardiana británica. Aquí no faltó nada: desde sombreros de copa a cuellos de piel y simples vestidos columna adornados con extraordinarios collares. Maestro de la reinvención, Lauren recurre siempre a los mismos elementos –la vida deportiva, el glamour de Hollywood en los años 20, el de Manhattan en los ’50 o ’60, la severa elegancia de la aristocracia inglesa–, pero se las arregla para presentar cada temporada un show refrescante, moderno, romántico y maravillosamente evocador.

Aunque la semana estuvo repleta de fiestas, dos de las más importantes fueron la celebración de los 50 años de Council of Designers of America (CFDA) y la gala anual de AmfAR.

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Carolina Herrera
con una de sus modelos.

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Tommy y Dee Hilfiger.

Diane von Fürstenberg, presidenta del CFDA, recibió a casi 400 invitados en los salones del Fashion Institute of Technology, incluyendo a Vera Wang, Derek Lam, Betsey Johnson, Tommy Hilfiger y Kate Winslet, que llegaron, copa de champagne en mano, a admirar un centenar de diseños de creadores americanos expuestos en la muestra “Impact: Fifty Years of the CFDA”.

AmfAR, la fundación para la investigación contra el Sida, organizó su gala anual en los imponentes salones de Cipriani Wall Street y al parecer no hubo una celebridad en Nueva York –desde Woody Allen a Lindsay Lohan–, que rechazara la invitación. Julianne Moore, Jennifer Hudson, Cindy Crawford; Liz Hurley y su nuevo novio, Shane Warne; Sarah Jessica Parker y Nicky Hilton estuvieron ahí, pero Lindsay Lohan fue quien acaparó la atención de todos los fotógrafos. Con su pelo en un rubio indescriptible, su cara cansada y su piel seca y grisácea, la actriz parecía una advertencia sobre los excesos de Hollywood. Lindsay está, para bien o para mal, pasada de moda. ■

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