Estrenada en el último Festival de Cannes, este es el largometraje número 18 del cineasta hispano más aclamado internacionalmente después de Luis Buñuel. Que marca, además, el reencuentro de Almodóvar con Antonio Banderas, actor habitual en sus primeras películas que lo dieron a conocer, con el cual no filmaba hacía 21 años (la última fue “Atame”, en 1990). El guión fue escrito a partir de la novela “Tarántula”, del cotizado autor francés Thierry Jonquet, publicada en 1995, pero el mismo Almódovar reconoció en Cannes que su inspiración más directa había sido una vieja y olvidada cinta francesa de 1960, el thriller de horror “Los ojos sin rostro”.
Casi con seguridad la más alambicada intriga que nunca haya abordado Almodóvar, cuyo cine se define por la extravagancia, el filme es una superposición posmoderna recargada al extremo, de varios géneros entre los cuales predominan, desde luego, el thriller, el melodrama, la ciencia-ficción en el ámbito de la medicina plástica y la cirugía transgénero, y el cómic de fantasía sexual. Por otra parte, es sin duda su obra más compleja, sofisticada y brillante en cuanto a elaboración formal: sus luminosas imágenes funden la virtualidad tecnológica con profusas citas pictóricas y alusiones cinéfilas (Buñuel, Fritz Lang, Hitchcock, entre otros).
Trata en líneas generales de un famoso cirujano plástico que, enloquecido por la trágica muerte de su esposa, ha sobrepasado todas las barreras éticas en sus experimentos por descubrir la piel sintética perfecta. Pero, además, en una sala de su mansión mantiene secuestrada a una joven que convirtió en su esclava. El relato retrocede seis años para contarnos cómo este médico, suerte de perverso Dr. Frankenstein, se cobró la más atroz venganza del supuesto violador de su hija, episodio que llevó a esta a la demencia y el suicidio.
Pese a la innegable seducción que provee el filme con su fría y bella elegancia visual (incluso cuando usa rasgos kitsch), su historia laberíntica y fragmentada resulta totalmente inverosímil. Es por cierto demasiado descabellada para que provoque la emoción del melodrama o el terror del thriller, y demasiado solemne –en el fondo la narración se concentra en el tema de la identidad– para parecer burlesca. Aun así, queda claro también que nada sino el virtuosismo de un maestro como Almodóvar, habría podido mantener bajo control tan abigarrada amalgama de ideas y materiales cinematográficos. Es la estrella absoluta de la película, sus actores son piezas muy menores.

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