
No sonría; no vale la pena. Eso es al menos lo que piensan Jessica Alba, Tom Cruise, Julia Roberts o Reese Witherspoon que, como sonrientes profesionales que son, no asoman un diente sin previo pago de un par de millones de dólares. ¿Por qué regalar algo tan valioso?
Si usted teclea “Sonrisas de Hollywood” en Google, lo primero que encontrará es una serie de tratamientos dentales, ortodoncistas y cremas dentales prometiendo la perfecta sonrisa al precio justo. Y lamentamos desilusionarla(o), pero el precio justo, en este caso, está probablemente fuera de su alcance.
El reemplazo total de la dentadura, pieza por pieza, puede alcanzar un precio de hasta 120 mil dólares en Beverly Hills, una cifra que sólo verá amortizada si no deja de sonreír 24 horas al día, 7 días a la semana, aun en los momentos más dolorosos y tristes, hasta el fin de sus días.
Por supuesto, si su nombre es Cameron Díaz o Megan Fox, es probable que el estudio encargado de producir y distribuir su próxima película tenga la amabilidad de pagar la cuenta.
El asunto es distinto en Europa, donde es posible exhibir públicamente una dentadura imperfecta sin que eso afecte el salario de una estrella. De tal manera, sir Ian McKellen o Helen Mirren pueden aparecer en pantalla con un curioso filtro amarillo sobre sus incisivos y Keira Knightley convertirse en heroína romántica y “fashion icon” pese a tener unos dientes tan pequeñitos que parecen perlitas de recién nacido.
En Estados Unidos eso sería inaceptable. La Roberts y Cruise dominaron durante casi dos décadas la taquilla del cine americano en parte gracias al descomunal tamaño de sus dientes frontales, una estética equina que en Norteamérica es considerada signo inequívoco de salud, belleza y juventud.
Eso nos permite sospechar que la razón por la que Ralph Fiennes o Russell Crowe, a pesar de todo su éxito y talento, no han alcanzado jamás la estatura de ídolos románticos es porque sus dientes no responden a los estándares exigidos en el sur de California. Su sonrisa, por ponerlo de alguna manera, no huele a menta, sino a té, whisky y, horror de horrores, posiblemente tabaco. Los días en que alguien como Jeremy Irons, el atractivo británico de la sonrisa verde musgo, podía arrancar suspiros arrastrando en sus brazos a Meryl Streep o Juliette Binoche han quedado sepultados debajo de un tsunami de blanqueadores dentales de marcas transnacionales.
Cameron Díaz tiene una sonrisa panorámica que exige una pantalla de al menos 52 pulgadas en alta definición para ser apreciada en su totalidad. Parte acá y termina allá, un teclado de impecable blancura que deja ciego y oculta la falta de brillo que generalmente muestra su actuación.
La nueva generación también es sonriente. Ahí esta Miley Cyrus, por ejemplo, que con un par de orejas peludas y un pom pom podría fácilmente pasar por un castor. Sus dientes frontales son quizás el rasgo más marcado de su aspecto, aunque en el último tiempo, con sus cortas minifaldas y atrevidos escotes, otras partes de su anatomía están peleando por ese título.
Lindsay Lohan ha desperdiciado no sólo su carrera, sino también su sonrisa, que a estas alturas, en la madurez de sus 21 años –después de haber vivido tantas aventuras, haber fumado tanto tabaco y bebido tanto champagne–, está convertida en una mueca triste y amarga que bien podría servir de espejo para los excesos de la starlet.
Sarah Jessica Parker tiene una linda sonrisa, si por linda se entiende un albo muro kennedyesco cubierto de un esmalte tan blanco que podría ser fácilmente confundido con porcelana. No puede decirse lo mismo su marido, Matthew Broderick, que tiene un humor más oscuro y un set de dientes al tono.