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Para muchos, Zapallar, Cachagua y Santo Domingo se han transformado en la “zona roja” del veraneo ABC1, mientras los lagos del sur se transforman, en febrero, en un oasis más familiar. En la costa, cientos de jóvenes repletan sus casas y discotheques en busca de un verano inolvidable. Pero es importante conocer qué sucede en el lugar elegido y saber lo que implica esa elección.

Por Paula Bengolea, María Olivia Browne y Soledad Escala

Elegir el mejor lugar para veranear ha pasado a ser una tarea titánica, sobre todo si dentro de la familia hay uno o más adolescentes. Finalmente, a la hora de decidir, son los hijos los que marcan la pauta.

Como están las cosas hoy, los padres prefieren arrendar en el lugar de moda que ver cómo sus hijos parten cada uno por su lado en busca de carrete, amistades y una alta dosis de libertad, sin tener control alguno. “Prefiero ser sede mil veces, aunque mi casa se replete; tenga que ir a buscar y dejar niños todas las noches y que mis vacaciones no sean puro descanso físico. Pero, emocionalmente, estoy más tranquila, sabiendo que llegan todas las noches a mi casa a dormir”, cuenta de entrada una de las mamás entrevistadas para este reportaje.

Los padres tienen claro que durante las vacaciones los jóvenes trasnochan toda la semana, casi como si fuera un requisito clave para no marginarse y aprovechar al máximo. La falta de ocupación, el grupo de amigos y la cantidad de panoramas nocturnos que ofrecen los distintos balnearios de moda los conduce inevitablemente a un carrete sin fin, donde los horarios no tienen límites.

Para aminorar las probabilidades de que el veraneo termine convirtiéndose en un infierno familiar, lo primero es elegir el lugar adecuado y saber qué implica esa elección. Con sus costos y beneficios, considerando que existe una ruta social ya preestablecida en los balnearios de moda.

Sabido es que la zona de Cachagua y Zapallar es el lugar donde todos los jóvenes quieren estar en enero. Mientras que Santo Domingo es el balneario elegido para “rematar” las últimas dos semanas de febrero, antes de entrar a las responsabilidades de marzo.
“El verano es un espacio donde se da rienda suelta al impulso y el relajo, entonces todo tiene riesgo de triplicarse. Los peores errores que cometen los padres en esta época es irse a los extremos: demasiada represión o demasiada permisividad”, dice la sicóloga María Elena Gumucio, experta en adolescentes.

La clave está en que una vez establecido adónde se irá, padres e hijos conversen y establezcan ciertas reglas de convivencia básica, como las horas de llegada y la cantidad de salidas nocturnas permitidas durante la semana. De otra manera, existe unanimidad entre padres y especialistas que el carrete se desborda y las reglas impuestas en el año son sobrepasadas rápidamente.

Mandamientos veraniegos

Abrir la casa propia tanto para alojar o como para permitir los famosos “pre”, antes del carrete, también debe incluir una pauta de normas establecidas, partiendo por los horarios, como las inamovibles horas de desayuno y comida familiar.

Aunque hay quienes temen que al ser sede muchas veces se corre el riesgo de sufrir ciertos desmanes en la propia casa, se privilegia el control sobre lo que hacen y toman los hijos. “Pero cuidado con sumarse al grupo”, advierte María Elena Gumucio. “Muchos padres durante el verano aprovechan de ser más ‘amiguis’ de sus hijos y les ofrecen un vodka naranja, con el argumento de que beban algo mejor”.

Para muchos, irlos a buscar y a dejar sigue siendo un gran método de protección, aunque implica una alta cuota de sacrificio, sobre todo si se considera que los padres también están de vacaciones. Pero claro está que “in situ” se logra ver dónde están, con quién están y en qué estado.

“Nosotros cuando veraneamos en Cachagua, como ahora, vamos a buscar a nuestros hijos todas las noches, pero creo que hay que regular un poco el cuento. Tampoco puede ser que una niñita de 15 años tenga un chofer, que se llama mamá o papá, todo el verano en la puerta de la discotheque. Además, hay que reconocer que otros papás se aprovechan de la buena voluntad de algunos pocos”, comenta Josefina, madre de tres adolescentes, de 15, 17 y 20 años.

La hora de llegada sigue siendo una batalla infernal entre padres e hijos. Estos últimos siempre estiran la cuerda para poder llegar un poco más tarde, e incluso a cierta hora de la madrugada dejan de contestar el celular para transformarse en seres inubicables. “El carrete se va degenerando a medida que va pasando la hora. No es lo mismo el del adolescente que se volvió a la casa a las dos de la madrugada, que el que lo hizo a las seis”, asegura María Elena.

Otra situación que causa preocupación entre los padres actuales es el cambio que han tenido las adolescentes, que ya no bailan con hombres en las dicotheques, sino que prefieren hacerlo entre amigas. “Para los jóvenes, las dicotheques no son espacios para encontrar parejas, sino para ‘agarrar’, o para pasarlo bien con las amigas. Muchas mujeres prefieren bailar entre ellas o coquetearles a los buitres que hay alrededor. Hay una cosa más egocéntrica y narcisista. Las mujeres llegan a a estos lugares con aires de superioridad. El triunfo está ahí, en ser femme fatal”, explica María Elena Gumucio.

Lo que sí está claro es que frente a las medidas que se tomen para lograr una convivencia familiar más llevadera, la clave está en que padre y madre formen un equipo afiatado. Hay que manejar los límites y cumplir los castigos si éstos no se respetan. “Ambos deben ser una pared rígida, porque si uno dice sí y el otro no, la norma ya no lo es, sino que uno pasa a ser el bueno y el otro, el mala onda”, concluye la sicóloga.

Primer destino: Cachagua o Zapallar

A partir del 2 de enero, gran parte de los jóvenes ABC1 toma sus maletas y parte rumbo a estos balnearios. La minoría tiene la suerte de que sus padres arrendó una casa en la zona y la mayoría aprovecha la invitación que le hizo un amigo o amiga. El resto llega sin saber exactamente dónde va a dormir, sólo sabe que “Zutano” o “Mengano” tiene casa por ahí, pero no siempre están invitados.

Durante el verano, los jóvenes bajan a estas playas cerca de una de la tarde, si es que no los han sacado a la fuerza desde sus camas tipo 11. “No arriendo una casa para que mis hijos sólo carreteen y duerman, los obligo a aprovechar el día”, comenta Constanza, quien pasa todos los veranos en Cachagua.

Tipo tres de la tarde, suben a almorzar en familia y regresan a la playa alrededor de las cinco, cuando ya ha pasado un poco el calor y para enterarse de las coordenadas del carrete nocturno. Por lo general, no cuentan ni con Messenger ni con mail para programar sus salidas, todo se sabe boca a boca. Y para eso hay que estar ahí, atento.

Una vez conocida la movida de la noche, los jóvenes suben de la playa tipo ocho y se preparan para la noche. Lo que es inamovible es la comida familiar, ocasión en que los padres aprovechan de rayar la cancha y comentar lo que hicieron en el día. A las 11 de la noche parten al “pre”, en la casa de algún amigo, llevando sus “promos”, una botella de pisco con Coca-Cola, y cuya dosis óptima es de una por cada dos personas. La misma medida vale para hombres y mujeres. Una vez “prendidos”, como ellos lo definen, parten rumbo a la fiesta.

A la hora de carretear, hay ofertas para todas las edades. Como dice la sicóloga María Elena Gumucio, “ha habido todo un segmento también de ‘teenagers’, adolescentes tempranos, que ya están participando en las fiestas. Ya no es visto como algo raro que partan tan chicos”.

Para los niños de 12 años en adelante, hay fiestas en La Medialuna de Cachagua, la que está abierta hasta las 2 de la mañana todos los días de la semana y sin venta de alcohol. Eso sí, la mayoría tiene permiso para ir sólo dos veces a la semana y viernes o sábado.

Para los más grandes, de 18 para arriba, está la discotheque “Ice” en Maitencillo, y para los mayores de 16, “Los Troncos”, en Zapallar. El problema está, sin embargo, en que el tráfico de cédulas de identidad para poder entrar sin restricción a estos lugares se ha hecho una costumbre habitual. Hermanos y amigos se ayudan unos con otros, prestando sus propias cédulas, a sabiendas de los dueños de los locales.

La particularidad de “Los Troncos” es que el 50 por ciento de los jóvenes prefiere quedarse carreteando afuera, en vez de pagar la entrada que vale alrededor de 4 mil pesos. Ellos aseguran pasarlo mucho mejor en la calle, donde algunos incluso instalan sus mesas y sillas de playa, que traen de sus casas, y se sientan a beber ahí.

Las luces de la discotheque se apagan tipo cinco de la mañana los viernes y sábado, pero muchos se quedan vagando o conversando en la playa hasta que amanece.
Segundo destino: El sur familiar

Ya terminado enero, algunos padres tienen la oportunidad de llevarse a sus hijos al sur y aprovechar de tener sus ansiadas vacaciones familiares. Panguipulli, Ranco y Calafquén, entre otros, están entre los destinos más cotizados.

“Febrero es un mes más familiar en que los adolescentes se van con sus familias a los lagos. Por un lado, esta etapa más tranquila es para los jóvenes una obligación, pero también la valoran como un momento para compartir con los suyos. Además, tienen amigos en esos lugares. Es un panorama más hogareño y es un carrete más light”, explica María Elena.

Aquí la rutina es distinta. Sin importar la hora a la que se acostaron el día anterior, los jóvenes se levantan temprano para aprovechar el día, sobre todo si el lago está en las condiciones ideales para esquiar o practicar algún deporte naútico.

La hora de almuerzo varía según el día. Si no hay viento, se sube a almorzar en familia tipo tres de la tarde. La sobremesa es infaltable en el sur. El cafecito y el bajativo son típicos antes de dormir una siesta, para volver a bajar.

Aquí cada familia hace su vida y el único lugar de encuentro para los jóvenes son las discotheques que abren un par de veces a la semana y viernes y sábado. Los “pre” en los lagos son más tempranos y cortos, pero siguen siendo la antesala del carrete.
En las discotheques lacustres se encuentra gente de todas las edades y provenientes de todos los lagos cercanos. A la “Vogue”, de Panguipulli, llegan jóvenes desde Riñihue o Calafquén, aunque tengan que viajar 45 minutos para llegar.

El lago Ranco tiene su propia discotheque, “La Amancay”, donde también se reúnen adolescentes y jóvenes adultos, ya que es la única opción que ofrece la noche y el valor de su entrada se acerca a los 5 mil pesos.
Destino final: Santo Domingo

Cuando el verano llega a su fin, las dos últimas dos semanas de febrero, Santo Domingo se transforma en el gran punto de encuentro. Como sea, todos vuelven del sur y las casas de este balenario se saturan de jóvenes ansiosos de disfrutar al máximo lo que queda de vacaciones.En Santo Domingo se asegura que se vive el carrete más fuerte, ya que es el último del verano, previo a entrar a clases. Los propios jóvenes reconocen que es la reventada antes de volver a ordenarse, la definen como “on fire”. Incluso los pololos, que no tuvieron el permiso de sus papás de irse juntos de vacaciones, saben que se van a encontrar en ese lugar.

“Santo Domingo es increíble para rematar el verano. Salimos todos los días y nos encontramos con todos nuestros amigos”, confirma Sofía, quien veranea en ese balneario hace ya varios años.

El horario de levantada es más o menos el mismo que en Cachagua y Zapallar, con la diferencia de que aquí son pocos los que bajan a la playa en la mañana por el viento que corre.

Recién tipo 5 de la tarde, los jóvenes aparecen en la playa y se sientan en grandes grupos a conversar. Ver a alguien con bikini o traje de baño es como buscar una aguja en un pajar. Todos están vestidos y las conversaciones giran en torno al carrete de la noche anterior y en dónde va a “picar” esa noche. Suben a sus casas cuando empieza a hacer frío y, después de la comida familiar de rigor, se preparan para partir a los “pre” y luego a bailar tipo una y media de la mañana.

En la zona hay varios lugares para salir de noche, como la Blue Bay en Llo-Lleo, la Ice en Santo Domingo y el “Túnel” en San Antonio, los cuales abren hasta las 4 de la mañana los días de semana y, hasta las 5, los fines de semana.
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