felipe kast



Por Yenny Nun

 

El año pasado Colin Firth era una apuesta segura para llevarse un Globo de Oro y el Oscar gracias a su emotiva encarnación del profesor homosexual que pierde trágicamente a su pareja en “Un hombre solo”, cinta escrita y dirigida por el diseñador Tom Ford. Pero finalmente, Jeff Bridges terminó llevándose el preciado galardón. Ahora, en 2010, luego de la ovación que tanto el actor y la cinta titulada “El discurso del rey” recibieron en el pasado Festival de Toronto, las cartas nuevamente están apostando a Colin Firth, esta vez por su magnífica interpretación del rey Jorge VI de Inglaterra. La película muestra cómo el soberano –también conocido como Bertie–, se ve forzado a subir al trono en 1936, luego que su hermano Eduardo abdicara para casarse con la norteamericana divorciada Wallis Simpson. La casa real contrata a Lionel Logue, un terapeuta de lenguaje, para que ayude al futuro soberano a sobreponerse a su grave tartamudez. Aparte de ayudarle a hablar bien, Logue entabla una profunda amistad con el rey. Dirigió Tom Hooper, y en el elenco participan Geoffrey Rush y Helena Bonham Carter como la reina Elizabeth, esposa del rey y madre de la actual reina Isabel ll. Desde que en 1995 Colin Firth interpretó a “Mr. Darcy” en la serie de TV “Orgullo y prejuicio”, inspirada en la famosa novela de Jane Austen, el actor se convirtió en símbolo romántico de millones de mujeres “intelectuales” alrededor del mundo. Desde entonces le quedó la etiqueta de “ídolo romántico” que él se apresura a desmentir, diciendo que es algo muy lejos de la realidad: “No soy un conquistador ni tengo mucha experiencia en el amor. Apenas he tenido tres relaciones en mi vida: dos novias y mi actual mujer”. Se refiere a su relación con la actriz Meg Tilly, en 1989, con la cual tuvo un hijo hoy de 20 años; la que tuvo con Jennifer Ehle, y su actual matrimonio con la documentalista italiana Livia Gioggioli. La pareja se casó en 1997 y tiene dos hijos, Luca y Mateo.
Colin Firth nació en Nigeria el 10 de septiembre de 1960. Su padre, David, era profesor de historia y su madre, profesora de literatura; tiene dos hermanos, Kate y Jonathan. Sus abuelos eran misioneros de la Iglesia Metodista en el mismo continente. Cuando Colin cumplió 5 años, la familia se trasladó a Inglaterra. Después de graduarse del colegio, se matriculó en el Studio Drama Center de Londres e hizo su debut en “Another Country”. Entre sus películas más conocidas se cuentan también “El Diario de Bridget Jones”, “Love Actually” y “Mamma Mia!”.
Conversamos con Colin luego del estreno de “El discurso del rey”. Llega a la entrevista impecablemente vestido “gracias a la influencia de Tom Ford que aún perdura”. Como buen inglés, trata de hablar más de la película que de temas personales, y nos damos cuenta de que es un hombre cosmopolita, muy distinto a como lo imaginábamos.

Un rey tartamudo

–¿En qué te hizo pensar tu último filme?
–Creo que cuando una persona tartamudea se encuentra en una especie de abismo, porque uno de los elementos que nos definen como seres humanos es el lenguaje. No existe ninguna otra especie que sea capaz de comunicarse como nosotros. Tener un impedimento de este tipo impacta nuestra identidad, nuestra autoestima y nuestra conexión con los demás. Esta película muestra la historia de un hombre intentando sobreponerse a su problema para lograr comunicarse.
–¿Hay algo más?
–Es una película que explora la discapacidad. En este caso la del rey Jorge VI, mostrando su aislamiento que se acentúa a raíz de las formalidades y el protocolo que lo rodea como integrante de la realeza. Cuando Lionel Logue, el terapeuta australiano que contratan para mejorar su dicción, conoce al rey, lo primero que hace es sentarse frente a él y empujar su silla hacia atrás, lo que simboliza la zona de exclusión alrededor del monarca. Además, debe dirigirse a él con todos los nombres protocolares, hacer reverencias y muchas otras formalidades. La historia gira alrededor de la relación de estos dos hombres maduros, uno de los cuales piensa, “he llegado a una edad donde nada me ha ayudado, nada cambiará”. Para mí, el protagonista del filme realmente es Logue, intentando lograr una intimidad con Bertie, un hombre que nunca en su vida ha tenido un verdadero amigo.
–¿Fue difícil interpretar a un hombre con esta discapacidad?
–Primero debí aprender a tartamudear y luego a ser un hombre tartamudo que no desea tener esta discapacidad. Lo que el público debe ver es la lucha para salir de esos silencios terribles que deben parecer como de mil años. Pero no quiero revelar las tretas sicológicas y físicas que usé, eso es personal. Fue muy difícil y terminaba el día con jaquecas; y no sé por qué mi brazo izquierdo casi se paralizó.
–¿Quién te ayudó?
–Mi hermana Kate es terapeuta de voz, me dio muy buenos consejos; y también me ayudó David Seidler, nuestro guionista que se sobrepuso a su tartamudez. El me dio excelente información. Por ejemplo, cuando contestaba el teléfono no decía “aló” porque no podía pronunciar la palabra; entonces contestaba “éste es David”. Y al ir a un restaurante no pedía carne, porque no podía pronunciar la c, por lo que ordenaba pescado.
–¿Algo más te inspiró?
–Encontré un artículo que escribió mi abuelo paterno para un diario en India, comentando la muerte de Jorge Vl. Señalaba que no se podía considerar que este monarca fue “grande” en un sentido clásico de la palabra, pero que en realidad sí lo fue, porque cuando hablaba, sus súbditos se sentían cercanos a él. La lucha que a él le significaba hablar, lo llevó muy cerca de su pueblo.
–¿Piensas que en general, los seres humanos tienen dificultad en conectarse?
–Creo que la intimidad es siempre tema entre los seres humanos. Todos construimos barreras alrededor de nosotros, existen límites para conectarnos con otras personas, incluso con las que más queremos como nuestros hijos y nuestras parejas. Si un individuo a tu lado está sufriendo dolor, no puedes llegar a ese dolor sanándolo mágicamente.

–¿Qué opinión tienes de Jorge VI?
–Leí muchos documentos donde era obvio que el rey Jorge no era una persona carismática. Cuando lo coronaron ya tenía más de 40 años, se le consideraba aburrido, aunque sus escritos demuestran que tenía un gran sentido de la ironía. Su responsabilidad prolongó la monarquía. Fue un gobernante que cumplió sus deberes con el sentido de ser un servidor de su pueblo en lugar de vivir rodeado de privilegios. La gente lo comenzó a respetar porque era honesto y sincero. Estaban agradecidos de que no se sentara en cojines de terciopelo aislándose en un palacio. Y creo que la reina Isabel ha continuado este camino.
–¿Cómo impactó a la familia real la abdicación de Eduardo, el duque de Windsor?
–Descubrí que la gente veía a Jorge VI como un hombre totalmente consagrado a su deber, en contraste con su hermano Eduardo, a quien llamaban David en la intimidad. Leí una carta en la que su madre, la reina Mary, le escribe muy enojada expresando horror frente a su abdicación; no sólo por dejar el trono, sino por abandonar sus deberes y responsabilidades. Le dice que no creía que nadie más en la historia de Inglaterra hubiera sido capaz de algo semejante; agregando que para ella era aún más doloroso porque se trataba de su propio hijo.
–¿Qué pasó con la relación entre Jorge y Eduardo?
–Luego que Eduardo abdicó para casarse con Wallis Simpson, no le interesó la suerte de su hermano, pues pensaba que, de todas maneras, el trono estaba tambaleando. Leí un intercambio de cartas entre ambos donde Jorge muy enojado le dijo que lo había dejado “con un plato muy grande” y añadía que Eduardo estaba equivocado respecto a la monarquía, que la institución continuaba segura. Otro dato importante que descubrí, es que Eduardo sentía gran afecto por Adolf Hitler –corrían los años 37 y 38– y ésa era una afiliación muy peligrosa. No se puede saber lo que hubiera sucedido si Eduardo hubiera continuado en el trono... Creo que los ingleses no lo hubieran apoyado, lo que habría creado una gran tensión entre la monarquía y el pueblo.
–¿Porqué pensaba el rey Eduardo que el trono tambaleaba?
–Porque en esa época, las monarquías no estaban seguras. El zar había caído, lo mismo que el kaiser Guillermo; reyes como los de Grecia e Italia fueron exiliados y depuestos. La mayoría de los ciudadanos de Europa ya no quería monarquías, prefería una república.

Ciudadano del mundo

–¿Cómo te sientes cumpliendo 50?
–Tengo asumido que estoy en un lugar diferente. La vida es cíclica y continuamente uno está perdiendo batallas que pensó ya había ganado. Las buenas cosas de la vida necesitan reubicarse y hay que redescubrirlas; como por ejemplo la relación con tus amigos, tus hijos y con tu mujer. No son algo que se deban dar por descontado. Siento que a raíz de mi edad, el trabajo que me ofrecen es mucho más interesante porque ahora estoy interpretando a hombres con pasado y no sólo con las ansiedades de la juventud. Estoy encarnando a personajes que sienten pérdidas, remordimientos; individuos que se han rendido frente a la vida y se dan cuenta de que es un error. Es lo que ocurrió tanto con “Un hombre solo” el año pasado y ahora con “El discurso del rey”. Y pienso que me ofrecieron estos roles exclusivamente por mi edad, lo que me hace sentir mucho mejor frente al deterioro físico que estoy viviendo (risas).
–Retrocedamos a tu infancia…
–Desde niño sentí que no calzaba en ningún lado porque nos cambiábamos de casa muy seguido. Primero dentro de Inglaterra y luego partimos a vivir a Saint Louis, Estados Unidos. Además, viví mis primeros cuatro años en Nigeria, donde mis abuelos eran misioneros. Por el lado de mi papá, son cinco generaciones que crecieron en India, lejos de Inglaterra y de nuestra sociedad. Cuando regresamos, crecí rodeado de nigerianos, indios y norteamericanos, porque mi mamá paso ocho años de su vida en Iowa y llegó a Gran Bretaña recién a los 18. Por eso casi todos los amigos de mis padres eran extranjeros y yo siento que no pertenezco a los lugares donde viví en mi país.
–¿En qué sentido?
–Sufro una dicotomía a raíz de mis dificultades de pertenecer, y al mismo tiempo por haber crecido con grandes privilegios, ya que era capaz de ver todo por dentro y por fuera. Supongo que esto me alienó de ciertas personas, pero me liberó de los convencionalismos.
–Es extraño, porque en la mayoría de tus películas casi siempre interpretas al “típico” inglés, y así es como te vemos.
–Exactamente, soy experto en encarnar al inglés reprimido de la mitología, alguien que justamente no soy. Aunque esos tipos clásicos ya casi no existen, salvo quizás el príncipe Carlos. Hoy, en lugar de usar smoking, los jóvenes ingleses se tatúan y se colocan argollas. Actualmente, Londres es un caleidoscopio maravilloso.
–¿Te sientes inglés?
–En realidad, no tengo raíces. Mi abuela es escocesa, mi sensibilidad está en Roma, mi mujer es italiana y mis hijos han crecido en Estados Unidos. Me he enriquecido por todas estas vivencias y la diversidad que he vivido. El hecho de que me sienta igual de cómodo con personas de Tokio y con personas de mipaís, es un regalo.

–¿Cómo conociste a tu mujer?
–Nos conocimos cuando yo filmaba “Nostrodomo”. Para mí fue un flechazo. El noviazgo con Livia fue como sacado de una novela de Jane Austen. Era italiana y sus padres muy estrictos, exigían que estuviera de regreso en su casa a una cierta hora. Pasé dos años llevándola a su casa a las 11 de la noche. Y no nos permitían hacer nada, hasta casarnos (risas)...
–Eres conocido, también, por tu filantropía….
–Dejé Africa muy joven, pero siento una conexión... No he vuelto a Nigeria desde que era niño, pero he visitado otras partes del continente. Tengo afinidad con la música africana y con su gente. Mis familiares trabajaron allí como profesores, médicos y misioneros. Yo soy sólo un intermediario y consigo fondos para varias ONG. Simplemente hago las llamadas telefónicas, pero ellos son los que hacen el trabajo duro.

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