Fue uno de los más fieles colaboradores del gobierno militar.
Como parte del círculo político de los ’80, tuvo
a su cargo el Ministerio del Interior y antes la embajada en Argentina
en plena crisis limítrofe con ese país. Aquí recuerda
el paso de Augusto Pinochet por la historia de Chile.
Cuando
Chile –a ojos de muchos– amenazaba convertirse en la próxima
Cuba bajo el gobierno de Salvador Allende, Sergio Onofre Jarpa, uno de
los fundadores del Partido Nacional, lideraba la lucha contra la Unidad
Popular. Sus esfuerzos se vieron consolidados el 11 de septiembre de
1973. Tres años después, pasó a formar parte del
círculo político de Pinochet, al ser nombrado embajador
en Colombia. Pero la verdadera prueba de fuego vino cuando, como representante
diplomático en Argentina, tuvo que ser mediador en el conflicto
limítrofe que tuvo al país al borde de la guerra por el
Canal de Beagle.
Su carácter y visión sobre la época, le otorgó el
puesto de ministro del Interior, donde tuvo que intervenir ante el estallido
de las protestas en plena crisis económica. Junto al cardenal
Juan Francisco Fresno logró un apertura política inusitada
para la 1985. Así se pudieron amainar las continuas protestas
en las calles y fortalecer la imagen del gobierno.
–¿Cómo conoció a Pinochet?
–Eso ocurrió como el año 71. El estaba a cargo de la aplicación
de las medidas restrictivas para la libertad de prensa en el gobierno de Salvador
Allende. Nosotros teníamos en el Partido Nacional un diario que se llamaba “Tribuna”.
Entonces hubo un párrafo que se le escapó al director y que tenía
un ataque al general Prats. Entonces Pinochet suspendió la circulación
del diario, por lo que fuimos con Gonzalo Eguiguren, que estaba a cargo, a conversar
con el general para darle una explicación de manera que nos dejara seguir
publicando el “Tribuna”. Nos escuchó y dijo que muy bien y
que se cumpliera lo ordenado, pero lo ordenado era que no saliéramos durante
dos o tres días.
–¿Cómo fue su relación cuando usted
fue embajador y ministro?
–¡Si no hubiera sido buena no hubiera sido jamás ministro!
La relación empezó porque un día que yo estaba en el campo
recibí un recado a través de Carabineros que necesitaban hablar
conmigo. Vine al día siguiente a Santiago. Me explicó que quería
que me fuera de embajador a Colombia. Le respondí que yo no tenía
dotes diplomáticas y nunca las he tenido. Entonces me hizo una pregunta
embromada. Me dijo: “¿Usted quiere ayudar o no? Si no quiere, hasta
aquí no más hablamos, si quiere ayudar, váyase a Colombia”.
Y así era: de frases cortas y de reacciones rápidas. Después,
cuando yo era embajador en Argentina, mandé un memorándum a Santiago
comentándole las cosas que se veían a la distancia y que tenían
relación con la crisis económica que se vivía en Chile.
Entonces me citó a hablar con él. Conversando largo, me di cuenta
de que Pinochet estaba en la misma línea aperturista que yo, tanto en
lo económico y en lo político. Después de varias conversaciones,
me dijo: “Yo voy a hacer un cambio de algunos ministros, y a usted le pido
que asuma en Interior”. Después que uno da la receta, le dicen “aplíquela”.
Y bueno, me dije, probemos.
–¿Cómo le fue “aplicando la receta”?
–Se hicieron varias cosas, como evitar un paro generalizado que estaban
preparando. Empezamos a pacificar las protestas con los dirigentes gremiales
que yo conocía, pues varios habíamos estado juntos en la lucha
contra el gobierno marxista el ’72 y ’73.
–Trabajando a su lado, ¿qué aprendió de
Augusto Pinochet?
–El tenía una visión de conjunto no sólo de la situación
de Chile, sino que de Latinoamérica en general y tenía muy claro
el problema vecinal con Argentina. Además, aprendí la idea de actuar
en forma práctica. Pues este hombre hacía un análisis y
después aplicaba soluciones concretas. Uno va entendiendo que hay que
tener una visión a más largo plazo, y eso me lo enseñó él.
–¿Cuál cree será la imagen que prevalecerá en
la historia sobre Pinochet?
–Está tan distorsionado todo. Aquí siempre se critica lo
que le llaman el atropello a los Derechos Humanos. Pero aquí a Honecker
se le rindieron todos los homenajes y ese caballero sí que tenía
una carga pesada. Y el Partido Comunista y sus seguidores, que aplaudían
a Stalin y todas las matanzas en Europa, ahora aparecen como en defensa de los
Derechos Humanos. Las cosas que se hacen con un sentido nacional de proyección
histórica se reconocen después. Pero nosotros vamos a ver ahora
el reconocimiento de la obra de Pinochet. Toda la política económica
y la organización general de la institucionalidad chilena viene del gobierno
militar. Nosotros estamos viviendo de eso, disfrutando de cierta prosperidad
económica. En el ’73 no había nada, sólo caos y anarquía.
–¿Qué le parecen las reacciones que se
han visto en las calles?
–Son las cosas que hacen siempre los grupos manejados por el Partido Comunista
y sus socios. En este momento la gente de izquierda se ha preocupado, dentro
y fuera de Chile, de distorsionar todo lo que ocurrió en el país
y de aplaudir todo lo que se hace en Cuba. En cambio, cuando yo era ministro
del Interior, todos los chilenos que estaban afuera querían volver y los
cubanos querían irse de Cuba. Hoy, varios sectores se han visto influenciados
por la propaganda negativa de Pinochet.
–¿Cómo compatibiliza su afecto hacia Pinochet
con las acusaciones sobre Derechos Humanos y el caso Riggs?
–No hay ninguna de estas acusaciones probadas ni que hayan merecido una
sentencia. No hay fallo y eso la gente no lo sabe. Hay procesos, acusaciones,
campañas de todo. Pero, ¿dónde están las sentencias
que lo inculpen de estos hechos? No hay. Y ahora que el caballero falleció,
se acabó todo.
Por: Fernanda Claro