No esperaba que la muerte de Michael me afectara tanto. No es que sea frío, pero el hecho es que temía su muerte y pensaba que podía suceder en cualquier momento”, dice el rabino Shmuley Boteach en su libro “Confesiones de Michael Jackson”, recién traído a Chile por Océano y escrito sobre la base de grabaciones que hizo con su consentimiento durante los dos años en que él actuó como consejero y guía del artista fallecido en el 2009. “Yo lo conocí bien y hubo demasiadas ocasiones en las que lo vi salir de una habitación acompañado de un médico después de haberse quejado de que le dolía un pie o la espalda o el cuello: era completamente imposible que su cuerpo aguantara indefinidamente semejante maltrato, así que tras suplicarle que dejara aquel veneno y fracasar en mi intento, me preparé para lo peor, permitiendo que me inundaran la ira y el desencanto. (...) Me sobrepondría a la lástima con una actitud desafiante. No, no tenía la menor intención de llorar; él no se lo merecía. Pero cuando me enteré de que había muerto, me quedé destrozado. Michael había sido acusado de pedofilia, pero mis hijos y los suyos jugaban juntos.

Sí, yo siempre estaba cerca para comprobar que todo iba bien, pero los niños no lo veían como un monstruo: Michael traía películas de dibujos animados para que las vieran, nos sentábamos en el sofá del cuarto de estar y nos lo pasábamos en grande bromeando, y mis hijos lo recordaban con mucho cariño y lo echaban de menos”.
“Yo no creía”, continúa, “que fuera a llorar si Michael moría. De hecho no lo hice hasta que volví a casa y me puse a escuchar las horas de conversaciones grabadas para preparar este libro y me asomé de nuevo a su alma: oír su voz, oírlo decir: ‘Shmuuuuulleeeeeeyyy’, con aquella manera lenta y pausada que tenía de hablar alargando las sílabas, fue lo que desencadenó el llanto. Brotaron las lágrimas. Sí, estaba enfadado con él. De verdad. Me había echado de su vida. Había llevado una existencia disipada y había dejado sin padre a sus hijos. Y se había medicado con la excusa de sus incontables enfermedades psicosomáticas hasta que su cuerpo no había aguantado más el abuso. Había interpretado el papel de víctima, había echado la culpa de todos sus problemas a los demás y había desperdiciado sus múltiples dones y el potencial que Dios le había concedido. Pero, con todo, también me había conmovido en muchas ocasiones.
“Estaba lleno de imperfecciones y probablemente fue culpable de pecados muy serios y terribles para los que tal vez no exista redención posible, pero ¡Dios mío, cómo sufría! Y aunque eso no es excusa, porque sé que no puedes intentar aliviar el propio dolor utilizando a otros y siempre sería responsable de sus propias acciones, a pesar de todo, ¿acaso anulaba aquello todo lo bueno que había tratado de inspirar en los demás?
“Solía observarme decir a mis hijos que los quería y luego me regañaba: ‘Shmuley, cuando les digas a tus hijos que los quieres, tienes que mirar a sus ojos, tienen que saber que lo dices de verdad, te tienes que centrar en ellos y sólo en ellos. No puedes decirles que los quieres y estar al mismo tiempo mirando para otro lado’. Y, desde entonces, siempre miro a mis hijos a los ojos cuando les digo que los quiero”.
Este libro contiene uno de los mejores retratos sicológicos que se hayan escrito sobre Michael Jackson, pero también tiene acápites sorprendentes de cuando se refería a las mujeres con las que tuvo alguna relación.
Amaba a Elizabeth Taylor
“Elizabeth Taylor y yo somos como hermanos, como madre e hijo, como amantes… es una mezcla de todo… es algo muy especial. A ella le encantó ‘Bichos’ y también le entusiasma Neverland: se sube al carrusel y a la noria, pero en las atracciones que dan más miedo no”. “Elizabeth tiene otras características típicas de los niños. Empezó muy pronto también, el papel en ‘Jane Eyre’ lo hizo con 8 o 9 años. Nuestros padres se parecían mucho, los dos eran duros, severos, hasta brutales”. “Durante esa gira (‘Dangerous’), ella me estuvo dando de comer porque yo no quería: cuando me disgusto dejo de comer, a veces hasta me desmayo. (La razón de su disgusto era que se habían presentado las acusaciones por abuso de menores de 1993). Agarró una cuchara y me obligó a abrir la boca y a comer”.
Shirley Temple
“Fui a su casa y salí sintiéndome como si hubiera vuelto a nacer, de verdad. No sabía que me iba a poner a llorar cuando la viera, pero es que me derrumbé”.
“Había una persona que viajaba conmigo y cuyo trabajo era llegar al hotel antes que yo y decorar la habitación entera con fotos de Shirley Temple. Estuve haciendo eso muchos años”.
“Al oírme contar aquello, Shirley se puso muy contenta y me dijo: ‘Me encantas, quiero que nos conozcamos mejor. Quiero que me llames a menudo, ¿me oyes?’, y luego me miró y añadió: ‘Siento mucho haber crecido’. No te avergüences por eso, le contesté, porque ya sé lo que es, a mí también me ha pasado”.
Lisa Marie Presley
“Lisa
era genial, una personalidad muy dulce. Lo que pasa es que para mí era
difícil mantenerme cortito, no soy capaz de quedarme en un sitio durante
mucho tiempo seguido, así es que no estoy seguro de estar hecho para el
matrimonio con todas las consecuencias, todo el tiempo. Mi vida es ir
de allá para acá y a las mujeres eso no les gusta, quieren que te establezcas
en un sitio todo el tiempo, pero yo necesito moverme”.
“Yo quería tener hijos y Lisa no (ella ya tenía hijos y no quería más). Me había prometido antes de casarnos que lo primero que haríamos era tener un hijo, así que cuando le entraron las dudas y al final cambió de opinión, me partió el corazón”.
“No los juzgo (a los hombres infieles) porque las mujeres pueden hacer cosas que verdaderamente vuelven a los hombres muy infelices, yo lo he visto con mis hermanos, los he visto llorar, con los ojos llenos de lágrimas, sentados en el césped arrancando briznas de hierba bajo sus pies presos de la frustración, todo por culpa de sus mujeres”.
“Ellas iban por el dinero, por eso me prometí a mí mismo que nunca me casaría”. Distinto era el caso de Lisa Marie Presley: “Ella no quería nada. Cuando nos divorciamos no me pidió ni un centavo. Ella ya gana un millón de dólares al año con la venta de souvenirs de Elvis y todo eso, y además tiene sus propios negocios. No anda pensando en qué puede llevarse entre las uñas, ¿sabes?”.
Madonna
“Me parece que a Madonna le gusta escandalizar y sabe cómo tocar las teclas adecuadas para conseguirlo. Creo que su amor por mí era sincero, pero yo no estaba enamorado de ella, no teníamos nada en común. Dime, ¿qué te parecería si te llamara por teléfono para contarte que tiene los dedos entre las piernas? A mí me lo hacía y yo le contestaba ‘¡ay, Madonna, por Dios!’, y ella me salía con ‘cuando colguemos quiero que te toques pensando en mí. Ese es el tipo de cosas que te suelta todo el tiempo, de verdad. Y luego la siguiente vez que la ves te dice: ‘Este es el dedo que usé anoche’. Era salvaje, estaba completamente fuera de control”.
“Vamos a ir a cenar a un restaurante y después a un club de striptease”, le decía Madonna, y él se negaba. “Ahora no me gusta nada ir a clubes, ya fui lo suficiente cuando tenía 11 años, incluso 8 años… bueno, si me voy hacia atrás me puedo remontar a los 9, 8, 7, 6… La gente se pelea, vomita, habla a gritos. Yo he visto de todo, por ejemplo que la actuación anterior a la nuestra fuera la de una señora que se quitaba toda la ropa y luego venía nuestro número: ‘Y ahora con todos ustedes los ‘Jackson 5’. Aquella señora le tiraba las bragas al público y un hombre las cazaba al vuelo y se las llevaba a la nariz… Lo que quiero ahora es formar parte del mundo que no tuve entonces, ¡ir a Disneylandia, al sitio donde está la magia!”.
Diana de Gales
“Una mujer que me gustaba mucho y por la que sentía un gran respeto era la princesa Diana. Porque tenía clase y se preocupaba de verdad por la gente, los niños y los problemas del mundo. Me parecía muy especial. Muy femenina y con mucha clase. Sin lugar a dudas era mi tipo, y a mí la mayoría no me gusta, hay pocas que me gusten, que den el perfil. Y es que el perfil que me haría feliz es uno muy especial, y ella desde luego lo daba”. (Pero nunca la llamó porque confiesa que era incapaz de pedirle una cita a una mujer). Dice que le interesaban las mujeres “que tenían clase y eran discretas y no pensaban sólo en el sexo y toda esa locura porque eso no es lo mío. No entiendo muchas cosas que ocurren en las relaciones y no creo que llegue a entenderlas nunca. No comprendo cómo la gente hace ciertas cosas: portarse mal o ser vulgares con su cuerpo. No lo entiendo y eso ha perjudicado mis relaciones”.
Brooke Shields
“Brooke Shields fue la que me llamó para salir cuando nos conocimos. Brroke Shields me gustaba de verdad. Me encantaba. Es uno de los grandes amores de mi vida. Salimos mucho juntos y, antes de conocerla, yo era admirador suyo y tenía su foto por todas partes. Tenía clase. Hubo una ocasión en que ella hizo un acercamiento muy íntimo y a mí me entró pánico. Debería haber sido más valiente”.
Tatum O’Neal
“Mi
primera novia fue Tatum O’Neal… Yo tenía 16 y ella 13. ¡No te imaginas
lo inocente que era yo por aquel entonces! Ella quería hacerlo, pero a
mí ni se me pasaba por la cabeza, porque ser testigo de Jehová implicaba
toda una serie de valores, así que le dije: ‘¿Estás loca?’. Uno de esos
valores era portarse lo mejor posible con todo el mundo. Cuando Tatum
y yo íbamos de la mano era mágico, mejor que cualquier otra cosa en este
mundo, mejor que besarnos. Tatum creció demasiado deprisa, no le interesaba
la inocencia y en cambio a mí me encantaba”.
Una relación de odio y amor con su padre
Otros pasajes sorprendentes son aquellos en que Michael habla de su padre, Joseph Jackson, a quien odiaba, pero a quien finalmente perdonó:
“Desde luego que él hizo un trabajo excelente en lo que se refiere a prepararme para los escenarios, para ser artista, sí; pero como padre era muy, pero muy estricto. Odio juzgarlo, pero como padre desde luego yo habría hecho muchas cosas de otra manera. Nunca sentí que me quería”.
“Era tan duro, cruel… muy cruel… No sé por qué. Era implacable. Nos pegaba con tal violencia… Me acuerdo que nos obligaba a desnudarnos primero y nos untaba con aceite, era todo un ritual… Lo hacía para que luego, cuando nos pegara con el final del cable de la plancha, nos doliera más. Y el dolor era horrible. Nos pegaba en la cara, por la espalda, por todo el cuerpo. Lo odiaba, lo odiaba con toda mi alma. Todos lo odiábamos”.
“Podría haber hecho todo lo que hizo conmigo, pero dedicar también un poco de tiempo a ser mi padre, a jugar a la pelota o a lo que fuera”.
“Todavía le tengo miedo a mi padre. Cuando entra en una habitación, Dios es testigo de que ha habido veces en que me he desmayado por el mero hecho de su presencia”.

Este es el discurso que Michael dio en una conferencia en Oxford. Se trata de una liberación de la nociva ira que sentía contra su padre . Minutos antes, cuando iba en camino, lo llamó para contarle que hablaría sobre él.
"Seguramente a nadie le sorprenderá oír que no tuve una infancia precisamente idílica. Las tensiones y dificultades de mi relación con mi padre son sobradamente conocidas y están documentadas. Mi padre fue un hombre duro y desde muy temprana edad nos exigió mucho a mis hermanos y a mí para que nos convirtiéramos en los mejores artistas posibles".
"Le costaba mucho mostrar afecto, la verdad es que nunca me dijo que me quería y jamás me hizo un cumplido: si una actuación resultaba excelente, me decía que había estado bien, y si las cosas salían más o menos bien, me decía que había sido espantoso. Daba la impresión de que lo que más le preocupaba era convertirnos en un éxito de ventas, y eso, sin la menor duda, se le daba muy bien. Como manager, mi padre era un genio. Mis hermanos y yo le debemos gran parte de nuestro éxito profesional, precisamente a aquella forma casi dictatorial que tenía de exigirnos constantemente. Él fue quien me enseñó a ser un artista y con él al timón el éxito estaba garantizado".
"No obstante, lo que yo quería era un padre, uno que me diera cariño y mi padre nunca lo hacía, nunca decía te quiero mucho mirándome a los ojos y nunca jugaba conmigo, nunca me llevaba en brazos, nunca jugábamos a tirarnos almohadas".
"Pero me acuerdo de un día -yo debía de tener unos cuatro años- en que fuimos a una especie de pequeña feria y me alzó para subirme a un poni: un gesto pequeño que a él seguramente se le olvidó al cabo de unos cuantos minutos, pero precisamente por ese minuto es por lo que mi padre ocupa un lugar especial en mi corazón. Así son los niños: le dan tanta importancia a las cosas pequeñas... Y para mí, ese momento lo significó todo. En ese instante experimenté una sensación que nunca volvió a repetirse, pero aquello hizo que cambiaran mis sentimientos hacia él y hacia el mundo".
"Resulta que ahora yo también soy padre. Un día estaba pensando en mis hijos, Prince y Paris, y en lo que quiero que piensen de mí cuando crezcan y, claro, me encantaría que se acordaran de que siempre deseaba llevármelos conmigo a todas partes, de cómo siempre trataba de ponerlos a ellos por encima de todo, incluidos mis discos y conciertos".
"Ahora bien, ellos también tienen que enfrentarse a retos en sus vidas, porque a mis hijos los persiguen los paparazzi constantemente y no siempre pueden hacer cosas normales, como ir a jugar a un parque o al cine conmigo. ¿Y si cuando se hagan mayores me echan en cara esas cosas y el cómo mis decisiones marcaron su infancia? ¿Por qué no tuvimos una infancia normal como todos los demás niños?, podrían preguntarme. Cuando pienso en ello, rezo para que mis hijos me concedan el beneficio de la duda, para que digan: Nuestro padre lo hizo lo mejor que pudo, en vista de las circunstancias únicas que le tocó vivir. Seguramente no era perfecto, pero sí un hombre cariñoso y decente que intentó darnos todo el amor del mundo".
"Confío en que mis hijos se fijarán en lo bueno, en los sacrificios que de buen agrado hice por ellos, y que no criticarán los sacrificios que las circunstancias hayan podido llegar a imponerles a ellos o los errores que yo haya podido cometer y que sin duda cometeré mientras siga criándolos. Todos hemos sido el hijo o la hija de alguien y sabemos que incluso si se tiene la mejor de las intenciones y hace uno todos los esfuerzos posibles, siempre se cometen errores. Es una característica ineludible de la condición humana".
"Cuando pienso en todo esto, en cómo tengo la esperanza de que mis hijos no me juzguen con mucha dureza y me perdonen todos mis defectos, no me queda más remedio que acordarme de mi propio padre y, pese a que hay una parte de mí que lo ha estado negando durante años, tengo que reconocer que debe de haberme querido. Me quería. Yo sé".
"Lo demostraba en detalles muy pequeños. Por ejemplo: yo era muy goloso de pequeño -todos éramos muy golosos-, y lo que más me gustaba eran los donuts glaseados, cosa que mi padre sabía. Así que, cada dos o tres semanas, cuando me despertaba por la mañana y bajaba a desayunar, me encontraba en la mesa de la cocina una bolsa de donuts glaseados; sin una nota, sin la menor explicación, sólo los donuts. Era como si hubiese venido Santa Claus. A veces se me pasaba por la cabeza quedarme despierto hasta tarde para ver dejar los donuts en la cocina, pero, lo mismo que me pasaba con Santa Claus, no quería echar a perder la magia. Me daba miedo que si hacía eso no volvería nunca más. Mi padre tenía que dejar los donuts en la cocina a hurtadillas para que nadie lo pillara con la guardia baja,le daban miedo las emociones porque no las entendía o no sabía cómo lidiar con ellas. Pero de donuts sí sabía".
"Si permito que se abran las compuertas, me inunda una riada de recuerdos y anécdotas similares, de otros gestos pequeños que, por muy incompletos que fueran, me demostraban que hacía lo que podía".
"Últimamente he empezado a pensar en el hecho de que mi padre se crió en el Sur y su familia fuera muy pobre; la Gran Depresion lo pilló al principio de la adolescencia y su propio padre, que tenía que pelear mucho para alimentar a sus hijos, tampoco le mostró afecto jamás a su familia y crió a mi padre y a sus hermanos con una disciplina férrea. Quién podría siquiera llegar a imaginarse lo que debió de ser crecer en el Sur en aquellos años siendo negro y pobre, despojado de dignidad, privado de toda esperanza, luchando por hacerse un hombre en un mundo que lo veía como un subordinado. ¡Mi padre fue el primer artista negro que apareció en la MTV y me acuerdo de lo importante que resultó aquello, y estamos hablando de los ochenta!
Se mudó a Indiana y formó su propia familia, trabajaba largas horas en una planta de laminación de acero, un trabajo que te destroza los pulmones y amenaza el espíritu, todo para poder mantener a su numerosa familia. ¿Acaso es realmente tan extraño que le costara expresar su sentimientos? ¿Tan misterioso resulta que endureciera su corazón y erigiese toda una muralla emocional a su alrededor? ¿Qué otra opción le queda a un hombre cuando su vida es una lucha constante para tan solo ir tirando? Lo primero de todo: ¿es tan raro que nos exigiera tanto a sus hijos para que triunfáramos como artistas y librarnos así de una vida que -a él le constaba- estaba llena de indignidad y miseria? He empezado a darme cuenta de que incluso la extrema dureza con que nos trataba era una forma de amor, imperfecto si se quiere, pero amor a fin de cuentas. Me exigía lo indecible porque me quería, porque quería que ningún hombre mirara jamás por encima del hombro a ninguno de sus hijos".
"Y ahora, pasado el tiempo, en vez de amargura siento bendición; en vez de ira, he hallado absolución; he sustituido el deseo de venganza por el de reconciliación y mi furia de los primeros tiempos ha dado paso al perdón".
"Hace casi una década fundé de una organización benéfica que se llama Heal the World [Sanar el Mundo). El nombre está inspirado en lo que sentía dentro en muy poco podia imaginarme que, tal y como Shmuley me ha contado después, esas palabras forman uno de los pilares fundamentales de las profecías del Antiguo Testamento. De verdad creo que podemos curar a un mundo lacerado a diario por la guerra, el odio y el genocidio. Y de verdad pienso que podemos sanar a nuestros niños. Los mismos niños que entran en el colegio empuñando una pistola, cegados por el odio, y abren fuego contra sus compañeros de clase como ocurrió en Columbine; niños capaces de matar de una paliza a un bebé inocente como en la trágica historia de Jamie Bulger (asesinado en Inglaterra por dos niños de diez años de edad). Por supuesto que lo creo, si no lo creyera no estaría aquí esta noche. Ahora bien, todo empieza por el perdón, porque para sanar al mundo tenemos que sanarnos a nosotros mismos primero y para sanar a nuestros niños tenemos que haber sanado antes al niño que todos llevamos dentro".
"Como adulto y como padre, me doy cuenta de que no puedo ser humano completo ni un padre capaz de comprometerme del todo a amar de manera incondicional hasta que no haya exorcizado los fantasmas de mi propia infancia".
"Y eso es precisamente lo que les estoy pidiendo que hagan, que vivan conforme al quinto de los mandamientos y honren a vuestros padres no juzgándolos. Concédanle el beneficio de la duda, comprendan que ellos también tenían sus propias luchas, sus heridas, sus propios traumas, y aun así hicieron lo que pudieron".
"Esa es la razón por la que quiero perdonar a mi padre y dejar de juzgarlo. Quiero perdonarlo porque quiero un padre y él es el único que tengo. Quiero desprenderme de la carga del pasado y quiero tener la libertad de iniciar una nueva relación con mi padre de ahora en adelante, una que no sea enturbiada por los espectros del pasado.
Shmuley y yo, que hoy presentamos esta iniciativa, somos miembros de la comunidad judía y negra respectivamente, y ambas han tenido que enfrentarse a grandes horrores y atrocidades a lo largo de su historia. ¿Cómo consiguen nuestras comunidades perdonar los crímenes horribles de los qué han sido víctimas sin por ello borrarlos de la memoria? Recordando. Las historias pasan de generación en generación, pero también vamos más allá de las historias. En un mundo lleno de odio, todavía osamos tener esperanza. En un mundo lleno de ira, todavía osamos ofrecer consuelo. En un mundo lleno de desesperación, todavía osamos soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza, todavía osamos creer".
"A todos los que están hoy aquí y sientan que vuestros padres los defraudaron, les pido qué no de aferren más a esa decepción. A todos los que están hoy aquí y sienten que vuestros padres los han engañado, les pido que no se engañen a vosotros mismos. Y a todos los que están hoy aquí y tienen ganas de mandar a vuestros padres al cuerno les pido que en vez de eso les tiendan la mano".
"Y es que, en lo que a dolor se refiere, las cuentas nunca acaban de cuadrar. La venganza no puede restituirnos nada. Si perdonamos a nuestros padres no estamos negando que tal vez se equivocaran, no estamos disculpando su pecado ni haciendo de ellos unos santos o unos mártires. Albergando resentimiento en contra de tus padres nunca conseguirás el amor que anhelas tan desesperadamente. Pagar con la misma moneda nunca hace que nuestra vida sea mejor. El dolor es permanente, el sufrimiento es permanente, es un círculo vicioso sin principio ni fin. Los bakongo tienen un refrán que dice: vengarse es sacrificarse a uno mismo. Pues bien, amigos míos, nuestra generación ya se ha sacrificado y ha sufrido bastante".
"Así que, en lugar de eso, les estoy pidiendo, me estoy pidiendo a mi mismo, que les regalemos a nuestros padres un amor incondicional para que ellos también puedan aprender a amar de nosotros, sus hijos; para que por fin el amor vuelva a un mundo desolado. Shmuley me contó una vez una antigua profecía blblica según la cual llegará el dla en que los corazones de los padres serán restaurados por los de los hijos. Nosotros somos esos hijos, amigos míos. Mahatma Gandhi decía que el débil nunca podrá perdonar, que la capacidad deperdonar es propia de los fuertes. Así que, hoy, sean fuertes. Más que ser fuertes, hagan frente al mayor reto que existe, el de restaurar esa alianza rota enseñando a nuestros padres cómo se ama. Todos debemos superar lo que nos haya cortado las alas de niños y, en palabras de Jesse Jackson, perdonarnos, redimirnos y pasar la página".
Los niños en su vida

En cuanto a su ambigua y polémica relación con los niños, el libro abunda en sus reflexiones cada cual más sorprendente, como éstas:
“Para mí no hay nada más puro y espiritual que los niños y no puedo vivir sin ellos. Si ahora me dijeras ‘Michael, no puedes volver a ver a un niño’, me quitaría la vida. Te juro que lo haría, porque no tengo ninguna otra razón para seguir viviendo. Es así, sinceramente”, dice en las cintas que grabó junto a Shmuley Boteach.
Y el rabino concluye señalando:
“Muchos menospreciaban a Michael tachándolo de celebridad materialista y superficial, de individuo mentecato y estrafalario. La persona que se confiesa en las conversaciones, sin embargo, es introspectiva, sabia, comprensiva y profundamente espiritual. Michael no era ningún santo y desde luego yo nunca he disculpado sus pecados, pero también posee una delicadeza y una nobleza de espíritu que eran toda una fuente de inspiración.
“No se trataba de un bicho raro, de un freak; Michael no nació raro, pero la fama (su droga favorita) y una vida sin rumbo claro lo habían destruido por completo. La principal tragedia de su vida fue confundir la atención con el amor; la fama, con la familia; el atesoramiento de bienes materiales, con el propósito espiritual de las cosas. Nunca olvidaré cómo, cuando iniciamos las conversaciones, Michael pronunció estas inquietantes palabras: ‘Te voy a decir algo que nunca le he dicho a nadie y, además, de verdad. No tengo por qué mentirte y Dios sabe que no lo estoy haciendo. Creo que el éxito y la fama que he conseguido, que he anhelado, los deseaba porque en realidad buscaba que me quisieran. Nada más. Esa es la verdad. Necesitaba que la gente me quisiera, que me quisiera sinceramente, porque nunca me he sentido verdaderamente querido. Ya he dicho que conozco mi talento. Pensaba que si lo perfeccionaba, la gente tal vez me querría más. Sólo deseaba que me quisieran porque me parece muy importante que te quieran y decirle a la gente que la quieres y mirarla a los ojos y decírselo’.
“No tengo el don de la profecía”, señala Shmuley Boteach, “pero no hacía falta ser ningún lince para ver el desastre que se avecinaba. Michael era un hombre que sufría terriblemente y su tragedia fue que se dedicó a medicarse para apaciguar ese dolor en vez de enfrentarse a la raíz del problema, que confundió una afección del alma con un mal corporal. Pero ni todos los barbitúricos del mundo habrían podido curar jamás aquella alma abatida que había perdido el rumbo”. |