Nació en París, creció en Africa, fue decano de la
Universidad Ateliers en Francia, tuvo un programa de televisión,
organizó exposiciones en el Centre Georges Pompidou… Hace
15 años vive seis meses en Francia y seis en Valparaíso,
donde se dedica a registrar escenas cotidianas del puerto en un enorme
mural de 300 metros de largo. Thierry Defert, como dice él, ha
vivido varias vidas en una. Su sensible obra llena de humor ha sido expuesta
en Francia y Portugal, acaba de exhibirse en la Galería de Cristal
de la Biblioteca Nacional y hasta fines de septiembre se presentará en el Museo Cochrane en el Cerro Cordillera.

Por Sofía Arnaboldi / Fotos: Ronny Belmar.
El
ajetreado mercado abre sus puertas, la gente se aglomera ante los puestos
de frutas y verduras. En una esquina, un hombre grande y de pelo cobrizo
dibuja absorto en un pliego de papel de mantequilla. Lleva tres semanas
llegando a la misma hora, al mismo lugar desde donde registra lo que sucede
con una facilidad sorprendente. A cambio de que le reserven ese espacio,
se come dos hot dogs diarios en el local que lo acoge. “Dibujar
es mi excusa para no hacer nada, para poder sumergirme en la rutina de
este puerto día a día”, comenta Thierry Defert.
Después de pasar tres horas inmerso en sus croquis, vuelve a su
taller y graba en linóleo lo que capturó. Esta matriz es
parte de un mural de 300 metros de largo por cuatro metros de alto en
el que Thierry lleva trabajando 15 años. Cada tres días
avanza un metro de este proyecto con el que pretende captar la cotidianidad
de Valparaíso en su totalidad. “Sacando la cuenta, este mural
deberá estar listo un día de un mes cuando tenga 127 años”,
comenta. Su fin es generoso, quiere dejar para la posteridad una gran
postal del Valparaíso de hoy. Para él son las personas y
los momentos el patrimonio que vale la pena rescatar, porque si no se
registra, se pierde. Las construcciones son sólo un escenario.
“No hay lugares en la vida, hay momentos en los lugares”,
es una frase que no deja de repetir. Para él, las casas son los
instrumentos y la gente es la música.
Este francés se radicó en Valparaíso en 1995. Su
facilidad para conversar y sus abundantes cejas le valieron el apodo de
“Loro Coirón”. Caminando hacia su taller, una construcción
que restauró en el cerro Cordillera, los lustrabotas, las vecinas
y quiosqueros, lo saludan. Desde su terraza, que remata en una vista privilegiada
al puerto, habla de Valparaíso, de su arquitectura, de sus anécdotas
e historias. Sin duda, conoce el lugar mucho mejor que la mayoría
de los porteños. “Valparaíso es mi musa eterna”,
comenta.
Este artista ya es un personaje más de la ciudad, así como
esas reconocibles figuras que Thierry graba en sus obras llenas de humor
y detalles. Varios de los restaurantes y cafés del puerto exponen
sus grabados como el Café Turri, La Piedra Feliz, el Café
con Letras y el restaurante “Tertulia”. Su trazo ya es parte
del inconsciente colectivo del puerto. “Me encanta la espontaneidad
y el orgullo de Valparaíso. Hace unas semanas, el diario ‘El
Mercurio’ publicó una foto de Fernando González en
su casa en la que aparecía una de mis obras de fondo. Al día
siguiente, el diario local ‘La Estrella’, emitió un
artículo que decía que, gracias al Loro Coirón, González
ve a Valparaíso todos los días”, cuenta.
Thierry divide su vida en tres actos. El primero es su infancia y adolescencia
en Dakar, donde vivió hasta los 17 años. La segunda etapa
es su vida en París, donde estudió dibujo en la Academia
Met de Penninghen y Jacques d’Andon. Su talento y grandes conocimientos
sobre el mundo de la ilustración le permitieron desempeñarse
en distintas áreas: fue decano del departamento de dibujo y diseño
gráfico de la Universidad Les Ateliers,participó con Bernard
Pivot en un programa de televisión en el que hablaba sobre cómic,
organizó exposiciones en el Centro Pompidou, creó la primera
galería dedicada a la ilustración de París y trabajó
en la reconocida revista fotográfica “Zoom”. En 1995
fue abducido por la ciudad de Valparaíso. “Soy un voyageur,
me gusta la diversidad y creo que a los viajeros les gusta vivir muchas
veces”, comenta.

–¿Cómo fue que encalló en Valparaíso?
–Llegué a Chile cumpliendo un sueño de mi infancia.
En Africa me decían “fuego del campo” por mi pelo colorín
y desde niño creí que “Tierra del Fuego” era
mi lugar. En 1988 vine por primera vez a Chile y visité Valparaíso.
Durante casi una década viajé cada año a la Patagonia
y siempre volvía al puerto hasta que terminé quedándome.
Me encanta su mestizaje cultural, su gente, su espontaneidad… –¿Cómo comienza su pasión por el dibujo?
–Tengo un don bien especial que es un sentido de la perspectiva
fuera de lo común. En el colegio me iba pésimo, en Africa
me echaban de la clase y me quedaba solo en el patio. Ahí comencé
a dibujar lo que veía a mi alrededor. Descubrí que la gente
se impresionaba con mis croquis. Como no era ni el más fuerte ni
el más deportista ni el más guapo, el dibujo era mi manera
de hacerme presente. Dibujo para existir.
–¿Por qué decidió hacer grabados del Valparaíso
en vez de dibujos?
–Porque siempre me ha gustado lo industrial, fui decano de una universidad
de diseño industrial y me gusta el concepto de la producción
en serie. Los grabados son como los frutos de un árbol, alcanzan
para todos.
–¿Cuál es el proceso que más disfruta?
–Me encanta pasar horas en la calle percibiendo a la gente, las
relaciones, los instantes. Lo que hago no es una representación,
es captar la onda de un lugar y para eso hay que sumergirse, conocer a
la gente, adentrarse en la armonía propia y espontánea del
lugar. No dibujo con los ojos, dibujo con la piel.
–¿Qué esconden sus grabados?
–Me siento más cronista que artista plástico. Me gusta
contar historias y mis grabados tienen muchos elementos personales. Aparecen
mis vecinos, las fechas de cumpleaños de mis amigos, la actriz
que me gusta, etcétera. Es una manera de mostrar que mi vida acá
es una vida de cariños, de instancias y de buenos momentos.
–Su obra se expuso en Europa, ¿cómo fue recibida?
–Me fue muy bien y durante tres años se siguieron vendiendo
mis grabados. Lo más interesante fue que una chocolatería
hizo murales en chocolate de mi obra ¡que la gente podía
comprar!
–¿Qué es lo que lo mueve en esta empresa?
–Dibujar todo Valparaíso es una utopía. Mi idea es
dejar un legado, un testimonio de lo que es el puerto hoy. Por eso mi
mural se llama “Paseo de un visitante europeo en el plan de Valparaíso
a la boca del siglo XXI”. El proyecto no tiene lugar de destino,
es una forma de agradecerle a las porteñas y porteños. Es
un abrazo enorme donde cada elemento, cada persona es indispensable, así
como en la vida misma, así como en una cazuela.
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