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“Fuera de menú” |
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Por Pedro Labra
De seguro esta comedia popular española –primera aventura cinematográfica de un director y unos guionistas (tres, además de Velilla) fogueados en la TV– no se habría estrenado aquí si no fuera porque marcó el salto al cine hispano de nuestro ídolo, Benjamín Vicuña, lo que ratifica el ojo comercial de su contratación. Trata de un trabajólico y obsesivo chef, dueño y férreo administrador de un rumboso restaurante madrileño, quien cree tener su vida bajo control. Pero como no hay felicidad ni éxito que dure cien años, su rutina se complica cuando a él –que es homosexual– su ex esposa le endosa los hijos que tuvo cuando aún no había salido del clóset, y al mismo tiempo se pone de novio con su nuevo vecino, un guapo ex futbolista, también gay asumido (Vicuña). Los personajes son en general harto disfuncionales, mientras que la historia avanza entre giros a veces predecibles, otras forzados, y resortes de una comicidad más bien gruesa. Con su desbordado histrionismo, Cámara (“Hable con ella”) tiende a eclipsar al chileno, que en su segundo rol homo –el primero fue en la comedia nacional “Muñeca”, estrenada en diciembre pasado– luce tímido, hasta opaco. Sumando y restando, es un divertimento ligero y directo, de eficacia tan sólo discreta.

Dirigida y coescrita por Nacho G. Velilla. Con Javier Cámara, Lola Dueñas, Benjamín Vicuña.
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“Los estafadores” |
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Por Pedro Labra
Este nuevo director joven despliega indudable talento al darle otra vuelta de tuerca a las películas de estafadores. Su relato, ingenioso y agudo como exige ese género, en vez de apostar por la acción o los golpes de efecto, se juega por la seducción visual y un fantasioso estilo narrativo. Trata de dos hermanos huérfanos que luego de una infancia penosa rechazados por las familias que los acogieron, se convierten en artistas del engaño. El mayor de ellos, astuto y malévolo, es quien elabora los timos como si fueran una novela o una película (los planifica dibujando “storyboards”). Tras 25 años de impunes embustes, el menor busca retirarse porque quiere una vida real, sin tener que fingir ser otro. Accede a participar en un último gran golpe como dupla y termina enamorándose de la víctima, una excéntrica heredera de una fortuna. Empapada en un aire de dulce tristeza, la atractiva puesta en escena se mueve por distintas latitudes (Nueva Jersey, Praga, México, San Petersburgo) y la atmósfera le debe mucho a la sugestiva música incidental. Pero el sólido elenco y las bonitas locaciones no logran borrar la sensación de que lo que vemos es más un vistoso acto de magia, que un filme hecho y derecho; un artificio capaz de distraernos gratamente mientras dura, pero que al salir de la sala olvidaremos sin que deje huella alguna. Maximilian Schell tiene un breve rol que mejor no hubiera aceptado.

Dirigida y escrita por Rian Johnson. Con Adrien Brody, Rachel Weisz, Mark Ruffalo.
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“Turistas” |
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Por Pedro Labra
Tras su admirable debut (“Play”, 2005) que reveló una directora de estilo propio, asombrosamente fresco y original, el esperado Opus 2 de Scherson (35 años) marca un giro evidente: cambia el mundo urbano por la naturaleza agreste. Sus personajes principales son igualmente citadinos, pero trasplantados a un paisaje inmenso y majestuoso que los abruma con su perfecta autonomía. Son seres ajenos a ese entorno y no saben cómo relacionarse con él, pues sólo están de paso (lo cual lo enuncia el mismo título). La historia trata de una bioquímica y su esposo que van en auto de vacaciones al sur; cuando ella al pasar le comenta que abortó el retoño que esperaba, éste, choqueado, la deja abandonada en el camino. La mujer intenta volver a Santiago, luego conoce a un mochilero noruego y, confundida, sin pensarlo mucho, acepta la invitación que el muchacho le hace de ir a acampar con él a un Parque Nacional. Lo que sigue es la aventura mental de unos personajes insatisfechos y vacilantes, obligados por las circunstancias a enfrentarse consigo mismos. Narrado con notorio aplomo y control de sus actores y recursos técnicos, tiene ese aire enrarecido y de fría curiosidad que mostró “Play”, con Scherson como un entomólogo estudiando insectos o un niño que juega con hormigas. No obstante, contiene escasos rasgos absurdos o surreales, y se agregan algunos atisbos de un singular sentido del humor. Por lo demás, los encuentros y peripecias que el guión hace desfilar son demasiado sutiles y abiertos de sentido. Todo sucede tan al interior de sus criaturas, que el relato se vuelve intrigante y se alarga en exceso, dando la impresión de que –al igual que sus personajes– carece de brújula.

Dirigida y escrita por Alicia Scherson. Con Aline Küppenheim, Diego Noguera, Pablo Ausensi, Marcelo Alonso.
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“Coco antes de Chanel” |
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Por Pedro Labra
Icono máximo del chic parisino, la innovadora e influyente diseñadora que creó la marca Chanel y fundó un imperio de la moda y el perfume, no es una recién llegada al mundo del espectáculo. Cuando aún vivía, poco antes de su apacible muerte en 1971 (en la suite del Hotel Ritz que fue su hogar por 37 años), su leyenda inspiró un exitoso musical de Broadway con Katherine Hepburn encarnándola. Luego en la cinta francesa “Chanel solitaria” de 1981, la personificó Marie-France Pisier. Su mito y ajetreada existencia han sido redescubiertas en el último tiempo. Además de éste, el más ambicioso y de mayor presupuesto, hace poco se estrenó en Europa “Coco Chanel e Igor Stravinsky”, filme también francés centrado en el tormentoso idilio de la modista (Anna Mouglalis) y el célebre compositor, y la TV norteamericana exhibió el año pasado una miniserie biográfica con Shirley MacLaine como Coco a los 70.
Dirigida por la experimentada Fontaine, que coescribió el guión junto a su hermana Camille, la película –como lo anuncia su título– recrea los comienzos de la pequeña y miserable niña abandonada por su padre en un orfanato, y su dificultoso ascenso hasta establecerse en los salones de París como autoridad indiscutida en el vestir. El relato se detiene en sus principios como costurera, sus vanos intentos por convertirse en artista de music-hall, el largo período que vivió como amante y mantenida de un noble playboy, y su romance con un acaudalado aventurero inglés, amigo de éste, muerto trágicamente, pero no sin antes financiar su casa de modas.
El filme es, sobre todo, un gran espectáculo de época elaborado con lustrosa prolijidad para que cada imagen sea de irreprochable buen gusto y un deleite para la vista, al nivel de elegancia de su protagonista. Sus méritos técnicos y de producción son inobjetables. Pero más allá de su laborioso envoltorio formal, el desarrollo no alcanza realmente a explicar cómo esta chica retraída y sarcástica, tozuda y voluntariosa, excéntrica y francamente conflictiva, pudo llegar a instalarse en el alto sitial que ocupó. Fontaine sigue su aventura con simpatía y curiosidad, pero sin compromiso emocional. Aunque la historia captura nuestra atención, como todos sus episodios tienen igual valor, resulta plana y fría. Peor aún, sugiere que el intenso arribismo de su protagonista, su resentimiento y malhumorada rebeldía, deben ser terrenos con mucho más para escarbar que lo que aquí se muestra. Agreguemos que Tautou (“Amélie”) con su eterna cara de pregunta, carece de una expresividad capaz de insinuar complejidades mayores.

Dirigida y coescrita por Anne Fontaine. Con Audrey Tautou, Alessandro Nivola, Benoit Poelvoorde.
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“Super” |
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Por Pedro Labra
Una proeza como esfuerzo de producción, hecha con escasos recursos (los actores no cobraron), es claramente el debut de una dupla de directores y un guionista sin experiencia previa ni oficio. A partir de una idea con potencial: supone que captado en un momento equis, el microuniverso que es un supermercado refleja de algún modo la sociedad en que se inserta, o sea el Chile de hoy. Así alterna breves escenas en las que se mueven unos 40 personajes (clientes, expendedores, supervisores, promotoras, etc.). La estructura da a la cinta una cambiante y ágil variedad y permite un desfile de “rostros” de la TV criolla. Pero las “situaciones” no son más que viñetas, “sketches” llenos de clichés que no progresan dramáticamente: la cámara deja a unos personajes, sigue a otros y cuando vuelve a los primeros, están casi en lo mismo. No hay un relato propiamente tal, sino una serie de atisbos superficiales y nimios, sin validez como eco del mundo circundante. Es como poner algo de atención en quienes se cruzan con nosotros en la calle; los signos en juego no llegaron a ser seleccionados y elaborados. Por lo mismo termina de repente, sin dejar huella. Un detalle no menor es que la pantalla contiene un cúmulo excesivo de “placements” (menciones de marcas), modalidad que no por ser excusable en este caso deja de parecer molesta, sobre todo si lo que se pretendía era objetar el consumismo.

Dirigida por Felipe del Río y Fernanda Aljaro. Con Benjamín Vicuña, Mariana Loyola, Julio Jung, Fernando Godoy.
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“Pa-ra-da” |
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Por Pedro Labra
Si este fogueado director de fotografía de 40 años se decidió a realizar una película propia, es por el compromiso que despertó en él esta aventura real y sus alcances. No es un gran filme, pero su historia sí lo es. Cuenta cómo de visita en Bucarest a principios de los ’90, un payaso callejero francoargelino se impactó con la realidad de los niños huérfanos o abandonados, drogados y alcoholizados, que dormían en las alcantarillas sobreviviendo de la limosna, pequeños hurtos o prostituyéndose, una de las herencias más penosas de la dictadura de Ceaucescu. Ideó la posibilidad de rescatar a esos chicos agresivos y resentidos, conquistándolos con la magia circense y el proyecto de crear un circo. El relato sigue el difícil proceso que llevó al debut de Pa-ra-da, “troupe” establecida que es al mismo tiempo una fundación cuya labor se extendió a Francia e Italia y ha recuperado a unos dos mil menores en situación de peligro social (algo similar a lo que aquí hace el Circo del Mundo con jóvenes adictos). Parte de los niños que aparecen son auténticos participantes de la experiencia. De lenguaje sobrio y funcional, la cinta expone lo suyo con honestidad y distanciada dureza, logrando momentos conmovedores. El esperanzador desenlace nos da un engañoso respiro de alivio frente a un problema pavoroso, que no es sólo de Rumania en el pasado, sino que ocurre hoy bajo nuestras propias narices.
Dirigida y coescrita por Marco Pontecorvo. Con Jalil Lespert, Evita Ciri, Gabi Rauta, Patrice Juiff.
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“Sector 9” |
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Por Pedro Labra
Debut de un director sudafricano de 30, esta cinta de ciencia ficción producida por el neozelandés Peter Jackson (realizador de la notable saga de “El señor de los anillos”), tiene sus méritos. Desde luego, para ser un filme serie B luce una sorprendente batería de logrados efectos visuales. Sobre todo, desarrolla una idea original que da una vuelta de tuerca a las historias de extraterrestres: aquí lo temible no es lo que los invasores nos pueden hacer, sino al revés. Miles de debilitados alienígenas fueron rescatados de una averiada nave madre que quedó suspendida sobre Johannesburgo. Veinte años después esos seres, parecidos a enormes crustáceos que se comunican con gruñidos, suman casi dos millones que viven hacinados en un ghetto miserable e inmundo (lo cual recuerda sin duda los tiempos del apartheid). Cuando el gobierno comienza a erradicarlos fuera de la ciudad, el jefe de la operación es contaminado por una sustancia que le provoca una metamorfosis. Luego queda al descubierto un siniestro programa oficial de experimentación genética a que los refugiados son sometidos. Narrada a la manera de un falso reportaje periodístico, traza un estado militarizado, represivo y dominado por la codicia corporativa. A medida que avanza, el relato se vuelve descabellado, olvida sus temas (la xenofobia, la intolerancia, el abuso de los privilegiados sobre los desprotegidos), y se convierte en una historieta más de destrucción y violenta cacería. Pero con su poderosa imaginería y ritmo enervante, nunca deja de funcionar como una horrible pesadilla futurista.

Dirigida y coescrita por Neill Blomkamp. Con Sharlto Copley, David James, Vanessa Haywood.
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“Bastardos sin gloria” |
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Por Pedro Labra
El sexto filme de Tarantino (si se toman las dos partes de “Kill Bill” como uno) es el más “artístico” y formalmente elaborado de este director norteamericano “de culto”, que aquí toma distancia de las constantes sobre las que construyó su prestigio. Estrenado este año en Cannes fuera de competencia y filmado en Berlín (con la mayor parte de sus caudalosos diálogos en francés, alemán e italiano), busca deliberadamente parecerse al “cine de calidad” a la europea, como si hubiera sido hecho con el expreso fin de impresionar al público del festival más prestigioso del mundo (que ganó con su “Pulp Fiction” en 1994, y cuyo jurado tuvo el honor de presidir en 2004).
No ocurre en Los Angeles ni entre hampones, el medio en que se mostraba más cómodo, sino en la Francia ocupada por el Ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Es un extenso (dura 150 minutos) y violento relato de guerra que desarrolla dos líneas de acción. Por un lado trata de un comando de soldados judío-norteamericanos liderado por Pitt, cuya misión es aniquilar a cuánto nazi se cruce en su camino (a cada muerto le arrancan el cuero cabelludo como trofeo), y por otro, acerca de una joven francojudía sobreviviente de la matanza de toda su familia que, convertida luego en la administradora de un cine de pueblo, encabezará una encerrona a la más alta oficialidad germana en una première en esa sala, con vistas a quemar vivos, entre otros, al mismísimo Adolf Hitler y su lugarteniente Goebbels. Ni uno ni la otra se adueñan de la pantalla, sino el coronel a cargo del exterminio judío en la zona, un villano tan siniestro como encantador, amable y culto.
Todo esto debiera ser burlesco y jocoso. Pero no hay humor en el resultado. Con notables logros en todos sus aspectos técnicos y muy buen nivel actoral, es otro pastiche –la especialidad de Tarantino– que, desplegando más ingenio que genuina creatividad, recicla ideas de un montón de clásicos del género bélico (“Los doce del patíbulo”, sin duda) y de los “spaguetti westerns” de Sergio Leone, imitando la cuidada estética y los recursos de estilo del cine de época del Viejo Mundo. Dividida en cinco capítulos, la narración se estira en interminables rodeos inútiles y escenas profusamente conversadas y estáticas, de una teatralidad ineficaz, sin tensión ni sentido. Con su tono de historieta se permite incluso reescribir la historia desde la pantalla, y tiene más bien el aspecto de un chiste gringo de mal gusto, pero muy bonito de ver, esnob porque quiere ser lo que no es, y revulsivo en sus brutales alusiones antisemitas.

Dirigida y escrita por Quentin Tarantino. Con Brad Pitt, Christoph Waltz, Diane Kruger, Daniel Brühl.
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“Incautos” |
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Por Pedro Labra
Hecha en España por el hijo de Juan Antonio Bardem, uno de los directores más prestigiosos del cine hispano, esta historia de timadores no tiene el brillo de otros exponentes de este subgénero, como la hollywoodense “El gran golpe”, o la inglesa “Ambiciones que matan”, ni el ingenio de la argentina “Nueve reinas”, más reciente (de 2000). Pero apegándose fielmente a las normas de esa fórmula, cumple lo que promete. Trata de un joven que aspira a hacer del engaño una forma de arte; sus tretas van subiendo en sofisticación y cuantía, hasta que se embarca en una estafa mayor asociándose con un respetado maestro de la especialidad (el argentino Luppi) y la ex amante –y aliada en el pasado– de éste. Pero los timadores no resisten la tentación de probar que son más listos que sus propios cómplices. Como varios tratarán de quedarse con todo el botín, el relato pronto abunda en traiciones y golpes de timón. Así que en este juego nada resulta lo que aparenta ser a primera vista. La elaborada competencia de astucias que propone la cinta logra entretener, más que nada, porque tiene una galería de atractivos personajes encarnados por un sólido elenco, y la puesta en escena se despliega con la debida elegancia de una partida de póker.

Dirigida y coescrita por Miguel Bardem. Con Ernesto Alterio, Federico Luppi, Victoria Abril.
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“Visita inesperada” |
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Por Pedro Labra
Cierto que este filme (el segundo de un ex actor) denuncia, como se ha dicho, la dureza con que Estados Unidos trata a los inmigrantes, particularmente los de origen árabe, después del atentado a las Torres Gemelas. Pero ése es sólo el corolario de la asombrosa aventura que vive un profesor universitario de economía quien, de regreso en Nueva York para asistir a un seminario, encuentra instalada en su departamento, el cual no visitaba desde que murió su esposa, a una pareja de ilegales a los que la vivienda les fue arrendada fraudulentamente. Retraído tras la viudez, este hombre mayor y civilizado siente que ya nada tiene interés ni sentido para él; su trabajo académico es inútil, está como anestesiado emocionalmente. A través de la imprevista relación que entabla con el percusionista sirio y su novia senegalesa, descubre primero que el Tercer Mundo de que hablaba teóricamente en sus conferencias, es real, y luego que la vida bulle más allá de las aulas universitarias. Llena de impredecibles giros, es una singular historia de reencuentros: con la música y las sensaciones, con los afectos y la amistad más allá de las diferencias culturales, hasta con la posibilidad de un amor otoñal. Aunque tiene el tono de un drama, rebosa de esperanza, de confianza en que personas muy distintas puedan llegar a entenderse, de fe en el ser humano a cualquier edad. Está, además, estupendamente actuada (Jenkins postuló al Oscar 2009 como mejor actor).

Dirigida y escrita por Tom McCarthy. Con Richard Jenkins, Haaz Sleiman, Hiam Abass.
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“El silencio de Lorna” |
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Por Pedro Labra
Unica dupla de hermanos cineastas que funciona como un “autor” unitario (con control total de los factores de cada filme, y constantes temáticas y de estilo), los belgas Dardenne ratifican en esta nueva y potente obra que su mundo es el de los marginales, pequeños delincuentes y humildes trabajadores que, moviéndose en una sociedad en que todo es comprable y vendible, tratan de actuar con decencia; y que lo que les interesa mayormente es la fragilidad del ser humano enfrentado a los dilemas morales que implica vivir en una urbe. A diferencia de las admirables “El niño” y “El hijo”, ésta se centra en una protagonista mujer, una inmigrante albanesa que le paga a un drogadicto para que se case con ella y así obtener la nacionalidad belga; después se divorciará y hará igual cosa con un gángster ruso. Pero cuando el hampón que maneja los tratos la presiona para que deje morir al esposo de una sobredosis, empieza a sentir que lo que hace no está bien. Narrado en el lenguaje seco e inquisitivo que cultivan los Dardenne, el relato de tono urgente lo domina la presencia magnética de Lorna (la atractiva Arta Dobroshi), víctima de ese sistema administrado por hombres que, al mismo tiempo, es una chica voluntariosa, capaz de sentir piedad por otros tanto como de tomar sus propias decisiones. El problema de este cuento moral, el más accesible de la dupla hasta ahora, es que el falso embarazo que aparece hacia el final puede interpretarse desde la perspectiva realista como un arrebato de locura, pero representa un vuelco demasiado tardío hacia la connotación religiosa y bíblica que también importa a los Dardenne (e integraron con fluidez a “El hijo”).

Dirigida, escrita y producida por Jean-Pierre y Luc Dardenne. Con Arta Dobroshi, Jérémie Renier, Fabrizio Rongioni.
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“Entre los muros” |
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Por Pedro Labra
Tras sus dos filmes sobre la relación del hombre actual y el trabajo (“Recursos humanos” y “El empleo del tiempo”) y una crítica más amplia al sistema en “Bienvenidas al paraíso”, también admirable, esta película –que ganó Cannes el año pasado– traza el más apasionante retrato filmado nunca sobre una sala de clases. Hace que la rutina en apariencia inocua de la vida puertas adentro de un liceo público, alcance resonancias tan extraordinariamente estimulantes que el resultado tiene algo de milagroso.
En la base está el libro del mismo nombre con que François Bégaudeau revisó sus experiencias como profesor de francés en una escuela secundaria de la periferia de París durante un año académico completo, en el que trata a sus alumnos de igual a igual e intenta rescatar el diálogo socrático como método educativo. En la pantalla él se encarna a sí mismo e hizo aportes muy significativos al guión, que no es exactamente lo que cuenta en su volumen. Cantet hizo un extenso trabajo de talleres actorales en un liceo multirracial, de los cuales sacó a sus actores que actúan personajes, hacen de alumnos distintos a ellos, viviendo situaciones docentes y personales ficticias. Sin embargo, los profesores de la película pertenecen al staff académico real, y los padres que participan en las reuniones de apoderados son los de los jóvenes actores. Luego de muchas horas de ensayo y rodaje, el relato parece tan fluido y espontáneo, con un compromiso tan completo y verdadero de quienes intervienen en las escenas, que luce como si fuera un documental, un registro directo de la realidad. La etapa de montaje tuvo, por cierto, una importancia clave.
Es, sin duda, una narración muy dialogada porque confía esencialmente en el poder de la palabra y la comunicación para iluminar y abrir las mentes. Despliega la sutil dinámica de las interrelaciones que se dan entre profesor y alumnos, y entre los mismos condiscípulos, tanto como las complejidades del proceso de enseñanza-aprendizaje. Pero nunca toma partido ni fuerza ninguna deducción; se limita a exponer, para que cada cual saque sus propias conclusiones. Por lo mismo, no hay héroes ni víctimas: a pesar de su férrea vocación, el maestro también se muestra tozudo, intransigente o falible y ve flaquear su mística. A fin de cuentas, el aula pasa a ser un crisol en el cual se reflejan los problemas familiares y personales de los distintos personajes, y las tensiones de toda la sociedad en que está inserta. Así que lo que se dice y muestra rebosa de implícitos, subtextos y múltiples sugerencias.

Dirigida y coescrita por Laurent Cantet. Con Francois Bégaudeau, Franck Keita, Rachel Régulier.
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Penélope |
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Debe entenderse que el público objetivo de este cuento de hadas contemporáneo –que mezcla y actualiza algo de “La Cenicienta” con harto de “El Patito Feo”– son las adolescentes románticas dejadas de la mano de Dios, que puedan identificarse con su heroína, una chica rica que a causa de una maldición a su familia hace siglos, tiene nariz de chancho. Sus padres la mantienen encerrada en su mansión londinense oculta a los ojos del mundo, pero como la leyenda asegura que su rostro se volverá normal cuando se case con un joven del mismo nivel social, suele ser presentada a codiciosos pretendientes que cuando la ven, huyen despavoridos. Luego ella se fuga de su prisión. Distinto sería si esta extravagante fábula la hubiera filmado Tim Burton, o fuera contada en dibujos animados. Ineficaz en sus esfuerzos humorísticos, para peor sin encanto ni magia en su desarrollo, la cinta impresiona más que nada por la valentía de Ricci de mostrarse maquillada como juvenil Miss Piggy. La oscarizada Witherspoon, una de las productoras del filme, aparece en un desabrido y prescindible rol secundario. McAvoy y el resto del elenco también son desperdiciados. Una comedia fantástica nada de graciosa y bastante ingrata, en verdad.
Dirigida por Mark Palansky. Con Christina Ricci, James McAvoy, Reese Witherspoon.
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¿Qué pasó ayer? |
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Destinada más bien a un público masculino, a esta cinta la respaldan elogiosas críticas en su país y, sobre todo, el récord de ser la más taquillera comedia estadounidense calificada de “R” –o sea, con reservas– desde “Un detective suelto en Hollywood”, cinta de hace 25 años, lo que no es poco decir (hasta ahora ha ganado unas 10 veces lo que costó, apenas 35 millones de dólares). Trata de un novio que junto a sus dos mejores amigos y su futuro cuñado que padece un serio grado de autismo, festeja –como muchos– su despedida de soltero con una noche de desenfrenada juerga en Las Vegas. A la mañana siguiente la resaca les impide recordar lo que hicieron, y deben reconstruir los hechos de modo urgente, porque hay un tigre en el baño de su suite, uno de ellos aparentemente se casó con una striptisera local y, lo peor, el novio desapareció. Los gringos –para los cuales una visita a la Ciudad del Pecado es tradición obligada antes de casarse– la disfrutaron, claro, pero a nosotros su historia puede que nos parezca demasiado gruesa y disparatada como para reírse de algo bastante concreto: la irresponsabilidad, infantilismo y estupidez del macho humano en general, y del norteamericano medio en particular. El dos veces campeón mundial de los pesos pesados, el boxeador Mike Tyson, aparece como él mismo en un rol secundario, otro guiño a la cultura pop de hombres. Sólo discretamente jocosa.
Dirigida por Todd Phillips. Con Bradley Cooper, Ed Helms, Justin Bartha, Heather Graham.
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Los secretos del poder |
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Documentalista de respetada trayectoria (“Tocando el vacío”), el británico Macdonald debutó sólidamente como director de argumentales con “El último rey de Escocia” en 2006. Aquí reincide en este “thriller” hollywooodense que, en rigor, es una versión condensada de una exitosa miniserie de asesinatos, espionaje e intrigas políticas que hizo la BBC. Trasladando la acción de Londres a Washington, trata de un experimentado reportero quien, en dupla con una novata bloguera, investiga el asesinato de la asistente y amante de un ambicioso político que ha ganado mucha prensa presidiendo un comité fiscalizador de los vínculos entre una gran transnacional y el negocio del armamentismo bélico. Se complica aún más, ya que el comunicador es amigo personal del parlamentario desde los años de universidad, y para colmo, tuvo un affaire con la esposa de éste. A medida que avanza, el relato profundiza la interrelación entre todos estos personajes, aparecen más muertos y se descubren conexiones que revelan una amplia y peligrosa red de corrupción. Aunque enrevesada, la trama fluye con claridad mientras la solvencia de su elenco ayuda a darle credibilidad (salvo Affleck que nunca convence plenamente). Pronto, sin embargo, la película se vuelve un cóctel muy bien batido de cosas que ya hemos visto varias veces antes, tan entretenido como sin sustancia. Entonces, el mayor interés radica en el drama del periodista (Crowe, con varios kilos de más para este rol) que insiste en aplicar su ética y sus astucias a la antigua, en un oficio que debido a los avances tecnológicos, se está convirtiendo a pasos agigantados en otra cosa, nadie sabe bien todavía exactamente en qué.
Dirigida por Kevin Macdonald. Con Russell Crowe, Ben Affleck, Rachel McAdams, Helen Mirren.
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Navidad |
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 El Opus 2 de Sebastián Lelio –de 35 años– es la segunda película chilena de esta temporada que se estrena aquí luego de alcanzar figuración internacional (la primera fue “La nana”, laureada en Sundance): se presentó en el último Festival de Cannes, dentro de la prestigiosa Quincena de Realizadores. Si bien no logró la repercusión que obtuvo “Tony Manero” en la misma sección paralela el año pasado, el solo hecho de haber sido seleccionada para esa programación entre cientos de postulantes de todo el mundo, ya es un gran honor.
Comparte, por cierto, con “La sagrada familia” –el alabado debut de Lelio en 2006– muchos rasgos de estilo. Como su antecesora es, desde luego, un relato intimista sobre el tema de la desarticulación familiar, que ocurre durante una festividad religiosa. Su tono semidocumental parco e inquisitivo y con mucho uso de cámara de mano, se concentra en unos pocos personajes que interactúan en una sola locación real en el transcurso de unas cuantas horas. El rodaje, que tomó varias semanas (la otra se rodó en apenas tres días), también le dio al elenco un amplio margen de improvisación en las escenas, buscando conseguir ese mismo notable aire de verdad inmediata y espontánea.
Muestra el breve encuentro de tres muchachos provenientes de familias disfuncionales y en situación crítica, momento que será definitorio para sus respectivas personalidades. Un 24 de diciembre, Aurora acompañada de su amigo Ale entra subrepticiamente en una casa abandonada en los faldeos precordilleranos de Santiago, que perteneció a la familia de ella y su madre ya vendió (su objetivo es rescatar la colección de discos que reunió su difunto padre). Allí también se ha escondido una quinceañera diabética que se fugó de su hogar, y dice tener una cita con su desconocido progenitor.
Por más que el trío sea un doloroso reflejo de la anomia y soledad de la juventud desatendida y abandonada por sus mayores, el problema de la narración es que sus únicos tres personajes tienen la densidad sicológica propia de la adolescencia. Lo que hablan y dejan entrever de sí mismos provee mayormente tiempos muertos de escaso interés dramático. Así, el relato se toma más de una fatigosa hora (de los 100 minutos totales) para llegar al intenso tramo final que contiene una relación sexual triangular, bastante púdica, pero cargada de desolación y variadas connotaciones. La fotografía, iluminación y montaje están bien resueltos, y la atractiva banda sonora incluye creativamente composiciones de Víctor Jara y otros ídolos de la música “pop” de los años 70.

Dirigida y coescrita por Sebastián Lelio. Con Manuela Martelli, Diego Ruiz, Alicia Rodríguez
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